El psicoanálisis como descripción metafísica de la subjetividad (II) Conciencia e inconsciente

La teoría psicoanalítica acerca del aparato anímico del ser humano encuentra su base y la fuente de todo su desarrollo en la afirmación de que los flujos subjetivos se definen principalmente por su carácter pulsional. La hipótesis topográfica, del psicoanálisis divide esta subjetividad pulsional en dos regiones: la región de la conciencia, a la que tenemos un acceso directo por reflexión y observación, y la región de lo inconsciente. Esta hipótesis topográfica se completa dentro de la teoría psicoanalítica con la hipótesis institucional, según la cual dentro de la psique humana, y repartidas entre las dos regiones topográficas, existen tres entidades principales, en torno a las que gira toda la actividad subjetiva: el ello, el yo y el super-yo.

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El psicoanálisis como descripción metafísica de la subjetividad (I) El carácter descriptivo del psicoanálisis

Contrariamente a lo que se suele considerar, el psicoanálisis no es simplemente una doctrina de terapia psicológica. Nunca podría serlo, pues en la base de esa terapia se encuentra todo un edificio teórico de descripción del aparato anímico que se ve afectado por patologías y disfunciones psíquicas, las cuales, gracias a ese edificio teórico, podrán ser tratadas clínicamente. La filosofía, como pensamiento crítico y actitud analizadora de los conocimientos y de la realidad, puede, por lo tanto, servirse de todo ese material especulativo, con parcial o total independencia de sus aplicaciones terapéuticas, para poder conocer mejor la naturaleza de nuestra subjetividad. En concreto, el psicoanálisis resulta útil para comprender el proceso de importancia trascendental en el que lo que Freud denominó «principio del placer» es complementado por el «principio de la realidad».

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El proyecto de la identidad personal: ¿cómo somos lo que somos?

¿Cómo llegamos a saber cómo somos, qué clase de persona somos? Normalmente solemos plantearnos la pregunta que guía nuestra reflexión cuando experimentamos una crisis de identidad. Esto es así porque en realidad ése es el problema que subyace en el fondo de la pregunta que nos hacemos con angustia: si en lo que cada uno somos se incluye lo que los demás piensan de nosotros, ¿cómo diferenciarnos del resto? Si todos somos semejantes porque todos manejamos los mismos modelos de conducta, ¿dónde se encuentra el espacio necesario para que pueda surgir algo propio? Debemos ser capaces de juzgarnos críticamente a nosotros mismos; entonces seremos capaces de tener conciencia acerca de lo que somos en mayor parte. Pero para completar esa conciencia debemos contra-reflejarnos con el resto de la comunidad para comprobar si nuestros juicios han sido adecuados o no.

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