El proyecto de la identidad personal: ¿cómo somos lo que somos?

¿Cómo llegamos a saber cómo somos, qué clase de persona somos? ¿Lo conseguimos mirándonos a nosotros mismos, atendiendo a lo que nosotros pensamos acerca de nosotros mismos, o buscándonos en nuestro reflejo en los demás, en lo que ellos piensan de nosotros? Puede que no haya una pregunta existencial más profunda que ésta, ya que de ella depende nuestra propia consideración como sujetos, como agentes: lo que hacemos, las decisiones que tomamos y los proyectos que nos planteamos surgen determinativamente de lo que creemos que somos. Por ello parece imperativo ensayar, en algún momento, alguna respuesta a ella.

Giovanni Luteri-zeus-hermes-y-la-virtudPara hacerlo, siguiendo los ejemplos de Wittgenstein, proponemos un juego de regresión biográfica. Pensemos en cuando éramos un bebé y estábamos aprendiendo a hablar y a relacionarnos hablando con otras personas. En ese momento no aprendimos lo que era, por ejemplo, ser amable teniendo conciencia de que lo éramoso no; evidentemente, para tener conciencia de si lo éramos o no teníamos que saber antes qué significaba ser amable. En realidad, aprendemos lo que es ser amable a partir de determinados modelos sociales que encarnan ciertas características, predisposiciones anímicas y actividades, de tal manera que a la persona concreta que posee esas características nosotros la consideramos como amable. El rey de un cuento trata bien a su esposa y a sus hijos y es considerado con ellos, y por eso decimos que es amable. Y así en general con todas las cosas. No aprendemos el significado de las palabras que usamos a partir de definiciones fijas, ni sabemos qué significa ser de determinado modo mirándonos a nosotros mismos, sino a través de acciones de otros y de modelos lingüístico-culturales de la sociedad a la que pertenecemos.

En su Ética a Nicómaco Aristóteles establece un requisito ético fundamental de cara a considerar si una persona posee o no una virtud determinada. Así, para que alguien pueda ser considerado, por ejemplo, como valiente, no basta, por supuesto, con que le sea reconocida externamente su valentía; de ser así, cada uno seríamos compasivos, justos, valientes y generosos sólo con que alguien nos denominase como tales. Lo que esto indica es que la marca de la posesión de la virtud debe encontrarse en algo propio del individuo que es virtuoso, y no en algo externo a él. De igual manera, tampoco es suficiente para que alguien demuestre ser valiente el que sea de hecho valiente en una o dos ocasiones, de forma aislada. Nadie llamaría valiente, según Aristóteles, a aquél que se comporta como tal en una única ocasión, pero que en las nuevas situaciones en las que debe demostrar serlo revela todo lo contrario.

“Parece posible que el que posee la virtud esté dormido o inactivo durante toda su vida, y además de esto padezca grandes males y los mayores infortunios; y nadie juzgará feliz al que viviera así.” (I-V, 1095b-1095a.) “Porque una golondrina no hace verano, ni un solo día, y así tampoco hace venturoso y feliz un solo día o un poco tiempo.” (I-VII, 1098a.)

Volvamos a nuestra pregunta. ¿Cómo sabemos si somos, por ejemplo, amables? De pequeños, comparándonos con el rey del cuento: si nuestras acciones coinciden o se asemejan a las del rey del cuento, entonces nosotros mismos decimos que somos amables; si, por el contrario, no se adecuan a éstas, no tenemos derecho a considerarnos como tales (lo cual no imposibilita que lo hagamos).

Un todo con sus partesEsto es así de simple mientras todavía no tenemos conciencia o razón crítica. Tal conciencia crítica la vamos adquiriendo a lo largo de los años (es a lo que llamamos madurar), y nos permite realizar comparaciones de ese tipo sin necesidad de atender a individuos concretos que representen el modelo en cuestión, sino atendiendo al propio modelo en sí, convertido ahora en un concepto semántico. Cuando alguien es capaz de saber qué es ser amable sin tener que referirse a una persona amable es porque se ha convertido en un hablante capacitado del lenguaje en cuestión (más exactamente, del juego de lenguaje en cuestión, porque el tema no refiere a lenguajes generales como el español o el alemán, sino a micro-lenguajes practicados por una comunidad). De ese modo una persona no sólo es capaz de juzgar la personalidad o actitud de los demás, sino la suya propia, a partir de la semejanza de los actos propios o ajenos respecto a esos modelos culturales.

Normalmente solemos plantearnos la pregunta que guía nuestra reflexión cuando experimentamos una crisis de identidad. Esto es así porque en realidad ése es el problema que subyace en el fondo de la pregunta que nos hacemos con angustia: si en lo que cada uno somos se incluye lo que los demás piensan de nosotros, ¿cómo diferenciarnos del resto? Si todos somos semejantes porque todos manejamos los mismos modelos de conducta, ¿dónde se encuentra el espacio necesario para que pueda surgir algo propio?

El problema quedaría resuelto si dijéramos simplemente que cada uno es lo que tiene conciencia de ser. Es decir, que nos basta con mirar a nuestro interior y juzgarnos a nosotros mismos para saber qué somos y cómo somos. Pero ésta es una solución bastante ingenua habida cuenta de la seriedad del problema: si aprendemos a juzgar lo que somos atendiendo a modelos sociales que los demás realizan, ¿cómo escapamos de esa socialización y nos convertimos en individuos? ¿Cómo escapar a la sociedad de masas y llegar a ser de verdad nosotros mismos, y no lo que otros quieren que seamos?

El espejoBien entendida la cuestión, tenemos que entender que aquí se establece un juego de reflejos y contra-reflejos. Si juzgamos lo que somos nosotros mismos comparándonos con lo que juzgamos que son los demás, entonces es como si proyectáramos una imagen de nosotros mismos sobre los demás y juzgáramos que nosotros somos aquello que los demás reflejan de esa proyección. Es lo que hacíamos de niños cuando nos comparábamos con el rey del cuento: curiosamente, sus acciones no los definían a ellos, sino a nosotros, porque sus actos amables eran los espejos que reflejaban si nosotros éramos o no amables. Por eso, a la inversa, nuestra amabilidad es el reflejo que sobrevive a su vez a otro reflejo.

El problema deviene cuando tenemos capacidad crítica para juzgarnos a nosotros mismos sin necesidad de reflejarnos y para razonar críticamente acerca del resultado de esos juicios. Debemos ser conscientes de que los juicios que emitimos sobre nosotros mismos siguen siendo resultado de comparaciones con otros, pues nuestra capacidad de juzgar surge de esos reflejos. Sin embargo, posteriormente tenemos capacidad para juzgar acerca de esos juicios; esto es, podemos llegar a la conclusión de que somos amables juzgándonos a nosotros mismos (este tipo de juicios los llevamos a cabo continuamente), y después podemos preguntarnos qué significa que seamos amables, por qué ser amable es actuar de ese modo, y, fundamentalmente, si nosotros queremos o no ser amables (o, en el límite, ser amables de ese modo). Es decir, después de las primeras consideraciones surge toda una serie de nuevas consideraciones acerca de nosotros mismos (y no sólo de nosotros mismos, sino de todos los demás) que nos llevan a analizar esos reflejos, sus características y su valor.

De aquí es de donde surge lo que nosotros somos, la constitución de nuestra identidad personal. Pues el ejercicio de llegar a ser el que somos consiste, en último término, en emitir contra-reflejos que puedan ser contemplados en los espejos que son los demás.

Virtudes CardinalesYo puedo saber qué significa ser amable, o, dicho más estrictamente, cómo hay que ser y actuar (si es que entre ser y actuar hay una diferencia) para que la sociedad (el juego de lenguaje) nos considere amables; pero, después de esto, puedo ser crítico respecto de esa concepción de amable, fundamentalmente gracias a la pluralidad social (por lo tanto, justamente no gracias a la sociedad de masas), y, básicamente, puedo estar de acuerdo o no con ello. Con estas consideraciones lo que surge es una idea nueva, completamente individual por ser resultado de razonamientos individuales, acerca de qué debe ser considerado como ser amable, o, dicho con más exactitud, acerca de qué creo yo que deba ser tomado como ser amable, acerca de qué pienso yo que es ser amable. Luego, gracias a esa idea absolutamente propia, es como podemos considerar si, de acuerdo con esta nueva noción, nosotros queremos ser amables o no.

Dado su origen como contra-reflejo forzado y voluntario de un reflejo anterior, esto implica que el que esta noción nueva sea igual o diferente a nociones ya existentes sea, a fin de cuentas, superficial. Pues resulta determinante ser conscientes de que esta nueva noción, al surgir en nuestra conciencia crítica, crea un contra-reflejo al reflejo anterior, y abre una nueva zona de consideración. Y en esa zona es donde surge nuestra conciencia de lo que somos nosotros.

alicia-espejo¿Qué se ve en un espejo que se refleja en otro espejo? En el caso de la identidad personal, sólo es oponiendo al reflejo del resto nuestro propio contra-reflejo como podemos ser plenamente conscientes de lo que somos nosotros mismos. Pues de ese modo podemos tanto identificarnos nosotros mismos como insertarnos en una comunidad de la que nunca podemos escapar totalmente. Es decir, que en lo que somos nosotros mismos se incluye, en cierto modo, tanto lo que nosotros creemos ser como lo que los demás creen que somos.

El problema es que con esta respuesta todavía no conseguimos escapar a la tan temida sociedad de masas. Pues, a pesar de que podamos creer que la afirmación personal de lo que uno es debe ser anterior a toda mirada al exterior, el reflejo en un mundo de otros sigue resultándonos inevitable, y con ello corremos el riesgo de convertir la afirmación de uno mismo en la afirmación de la sociedad de masas.

Aquí es donde viene finalmente la moraleja de todo lo que hemos venido planteando hasta ahora. Pues si todo ello es tal y como lo hemos pensado, entonces, en definitivas cuentas, no resulta relevante, a la hora de saber lo que somos, si eso que somos proviene de una educación capitalista o socialista, si nos han determinado psicológicamente a que nos gusten las películas de Hollywood y no nos gusten las españolas, y cosas por el estilo. Lo verdaderamente importante es ser capaz de juzgarse a uno mismo con capacidad crítica y actuar en consecuencia.

Ego nacienteAnte todo, hace falta tener seguridad en nuestras convicciones para poder actuar sin tener miedo a equivocarnos ni temer la necesidad del arrepentimiento. Se anula lo que Sartre llamaba la angustia de la elección si cada elección se juega con seguridad dentro del tablero del eterno retorno propuesto por Nietzsche, esto es, si cada decisión se toma con total seguridad e involucrando en ella todo lo que somos. Da igual si me han educado para que me guste vestir de un modo o de otro; ahora soy capaz de mirar alrededor, abrir mi mente y juzgar en consecuencia, y el resultado de ese juicio será mío; y si, finalmente, me visto tal y como me han enseñado a vestirme, ya no será porque me hayan enseñado así, sino porque yo mismo he decidido, por mis propias razones, vestir así. ¿Consigo escapar así a la sociedad de masas? Sí y no, porque introduzco la individualidad en mis juicios pero no consigo refutar el argumento según el cual incluso mis juicios están determinados por la educación.

Debemos ser capaces de juzgarnos críticamente a nosotros mismos; entonces seremos capaces de tener conciencia acerca de lo que somos en mayor parte. Pero para completar esa conciencia debemos contra-reflejarnos con el resto de la comunidad para comprobar si nuestros juicios han sido adecuados o no. A fin de cuentas, no se convierte en bueno el matar a la gente si yo, dentro de mí mismo y sin referencia al mundo externo, creo que es bueno. Por lo que, finalmente, obtenemos que para saber lo que somos tenemos que saber qué somos, y asegurarnos de que los demás saben lo que somos y lo que ellos son. El individuo vive necesariamente en sociedad, y cuanto más rica sea esa sociedad culturalmente más rico podrá llegar a ser él en su fuero interno. Por el contrario, sin otros individuos con los que relacionarse ni siquiera puede llegar a desarrollarse como tal. Que no es otra cosa que lo que Aristóteles, hace dos mil quinientos años, afirmaba cuando definió al ser humano como un ser social por naturaleza.

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