Circunstancia y lugar, o sujeto y espacio en la filosofía de Nishida Kitarō

Gracias al impulso que en los últimos años ha experimentado el interés por el estudio de la filosofía oriental, últimamente ha aumentado el número de libros publicados de o sobre autores que hasta hace poco estaban muy lejos de nuestras fronteras intelectuales. Éste es el caso de un libro aparecido en 2008, con el sugestivo título de Invitación a la filosofía japonesa: en torno a Nishida, en el que su autor, Bernard Stevens, se propone introducir al lector occidental a una cultura tan diferente a la nuestra como es la japonesa. Y ello, a partir de la explicación de la obra del que quizá sea el filósofo japonés más importante, coetáneo de Husserl y fundador de la importante Escuela de Kyoto: Nishida Kitarö.

Invitación a la filosofía japonesa en torno a Nishida

Al adentrarnos en este pequeño libro podemos sorprendernos rápidamente por la distancia conceptual que separa nuestro continente de aquel lejano país en relación al modo de entender y afrontar las cuestiones más existenciales del ser humano. Una de las diferencias más importantes a este respecto, en la que me centraré aquí, es la que encontramos entre un concepto muy nuestro, el de circunstancia, y su correlato japonés en el pensamiento de Nishida, el concepto de lugar (bashô).

No cabe duda de que la noción de circunstancia resulta crucial en nuestro pensamiento occidental moderno, que gira egocéntricamente en torno al sujeto. No necesitamos del famoso adagio orteguiano para recordar que la misma noción de sujeto lleva de suyo la referencia esencial a la circunstancia como condición espacio-temporal, existencial, histórico-cultural o ética, en la que ese sujeto existe y se desenvuelve.No podemos entender un sujeto fuera de su circunstancia; pero, de modo igualmente determinante, tampoco podemos entender una circunstancia que no sea la de un sujeto concreto. En cuanto que entorno significativo de la subjetividad, la circunstancia ejerce el papel de escenario semántico-estructural que determina a la vez que explica las propiedades de un sujeto concreto como el marco estructural de su desenvolvimiento existencial.

hombre-de-vitruvioAhora bien, cuando, desde esta noción de circunstancia, tan nuestra e interiorizada en nuestra forma de pensar, intentamos entender el concepto nishidiano de «lugar», aparentemente paralelo, nos sorprendemos a nosotros mismos ante nuestra incapacidad conceptual de entender un concepto que, en principio, debería ser elemental para una filosofía que gira en torno al sujeto como su núcleo nervioso. En la noción nishidiana de «lugar» no hay ninguna referencia esencial a un sujeto que lo ocupe, como ocurre con el concepto occidental de «circunstancia»; mientras que sí hay, en cambio, en la noción nishidiana de «sujeto» una referencia estructuralmente necesaria a un lugar ocupado.

Un «lugar» no es un marco semántico-espacial que gira en torno al sujeto como su centro y sólo existe en función de él, tal y como ocurre con la circunstancia personal. Un «lugar», antes bien, es un espacio significativo en sí mismo, en el cual se inserta un sujeto (por lo tanto, es preexistente a él), y del cual dicho sujeto recibe determinativamente un sentido. Así entendido, dos sujetos distintos nunca podrían encontrarse en la misma circunstancia por el carácter completamente personal e intransferible de ésta; pero, en lo que respecta al lugar, éste sí puede ser ocupado por dos sujetos distintos sin verse modificado en su esencia, en la medida en que los trasciende y existe más allá de ellos.

Cuando Ortega y Gasset afirma “yo soy yo y mi circunstancia”, lo que no debe nunca pasarnos desapercibido es la necesidad de mantener ese segundo “yo” en tanto que es desde el sujeto desde donde brota su circunstancia: el sujeto occidental genera su espacio significativo, su circunstancia, pero no se inserta en ella. Admitimos la existencia de redes significativas y determinantes a las que los sujetos vienen a parar mediante su inserción en un marco lingüístico-conceptual preexistente a ellos; pero el alcance de estas redes previas al sujeto no supera la propia condición personal de éste, de modo que él se insertará en esas redes desde su propia circunstancia biográfica, y construirá así su propia existencia, aunque en parte determinado por elementos o estructuras significativos ajenos a su propio ser.

el buey y el bolleroNo ocurre así en la noción nishidiana de «lugar». Aquí necesitamos una nueva noción de espacio, más allá del espacio vacío o sinsentido de Newton, según la cual no es el sujeto el que genera espacio (en términos de circunstancia significativa), sino que el espacio está ya generado en todo su sentido, y el sujeto viene a él y se conforma a él, como el agua se conforma a la forma del vaso o de la jarra: be water my friend, más que un eslogan publicitario, es la piedra de toque de toda una tradición de origen budista acerca de la conformación o conformidad del sujeto en un espacio significativo preexistente. Sujetación del sujeto, diríamos los occidentales. No es el sujeto el que, desde sus determinaciones personales, viene a configurar una circunstancia en la que interactúan elementos externos, sino que todo lo que hay son elementos externos, y es el sujeto, que es “nada”, el que se adopta a la red significativa del espacio – que también es una nada dentro de la nada absoluta que supone la realidad.

“Unimos los radios en una rueda,

pero es el agujero central

lo que permite que el carro se mueva.

Torneamos la arcilla para hacer una vasija,

pero es el vacío interno

lo que contiene aquello que vertemos en ella.

Hincamos estacas para construir una cabaña,

pero es el espacio interior

lo que la hace habitable.

Trabajamos con el ser,

pero es el no-ser lo que usamos.”

(Lao Tse, Tao Te Ching, 11)

Bernard Stevens nos da una pista para intentar comprender qué quiere decir Nishida con lugar: el propio Nishida reconoce que su concepto de basho es una remodelación del concepto de khōra que Platón maneja en el Timeo (remodelación, mas no el mismo concepto). Esto nos lleva a interesarnos a su vez por la relación presente entre el espacio semántico-relacional de la física aristotélica y el lugar nishidiano, habida cuenta de que las nociones modernas (mecanicistas) de espacio no nos son aquí de ayuda.

universo aristotélicoEn efecto, ante un concepto de lugar como marco estructural significativo preexistente al sujeto, nos sentimos tentados de entenderlo en términos de una red de significados relacionales en la cual el individuo se inserta y de la que recibe sentido. Éste es, en lineas generales, el modo como Aristóteles concibe el «lugar» en su Física.  Pero de nuevo no debemos pasar aquí por alto que, en Aristóteles, esta red semántica tampoco es preexistente a las cosas, sino que surge o brota de las relaciones de éstas. De ahí que Aristóteles afirme que no hay lugar previo al ente que lo ocupa, dado que las relaciones que definen ese lugar vienen establecidas determinativamente por dicho ente, y no por otro. El lugar natural del agua no preexiste al agua, sino que lo es precisamente para el agua, y no para el fuego o la tierra.

Cada vez más desconcertados comprendemos que pocos conceptos occidentales nos ayudan a entender qué puede querer decir Nishida, hablando de la lógica del lugar, cuando critica una “lógica subjetiva” o “lógica del sujeto”, iniciada en el propio Aristóteles, cuya relación fundamental es la de sujeto-objeto, y cuyo propósito principal es decir “algo” de “algo”, a favor de una “lógica del predicado”, en la que el sujeto es nada, su entorno también es nada, y en la que sólo en una reflexión espiritual que el sujeto llevaría a cabo mediante una autoanulación de su subjetividad puede ese sujeto entender su subjetividad como unida en la nada absoluta con la realidad y recibir así un sentido ocupando un lugar en ella. Otra expresión nos deja más perplejos aún: Nishida, en la introducción a su primer libro (Indagación del bien) nos informa de que uno de los elementos principales de su filosofía es el descubrimiento de que no hay experiencia porque haya sujeto, sino que hay sujeto porque hay experiencia, y de este modo ésta precede en algún sentido y da forma al sujeto.

Si nos situamos ahora en un nivel más cotidiano, entendiendo la experiencia rutinaria como síntoma de un paradigma conceptual que la engloba y le da sentido estructural, encontramos un hecho de la vida diaria japonesa que nos resulta igualmente incomprensible desde nuestros presupuestos occidentales. Por estos meridianos, en el momento de presentarnos ante un desconocido, nuestro método habitual consiste en indicar nuestro nombre y apellidos (procedencia familiar), y quizá algunos detalles de nuestra biografía (logros personales o subjetivos). japones-reverenciaEn la cultura de Nishida, en cambio, un ciudadano japonés, si es mayor de edad, lo primero que hará será entregarnos su tarjeta de visita, en la que, aparte de su nombre,  aparece, principalmente, su puesto de trabajo, es decir, el lugar que ese ciudadano ocupa dentro de una estructura social preexistente a él que aporta sentido y valor a su ser, y, en todo caso, procurará darnos a conocer su lugar de residencia, amistades, lugar de estudio, y un largo etcétera referente a determinados lugares o contextos semánticos que ocupa o ha ocupado, y que le han determinado a ser el que es.

Desde nuestra lógica subjetiva individual solemos prejuzgar las sociedades orientales como sociedades excesivamente masificadas en las que el sujeto queda anulado en su individualidad. Sin embargo, es nuestro propio concepto egotista de sujeto el que no nos permite entender que en ellas el sujeto no existe si no es justamente dentro de una masa que le da sentido por darle un lugar que ocupar. Incluso los intentos desesperados de separarse de la masa no suponen sino la búsqueda de un lugar que encaje con la voluntad personal, mas no el deseo de diferenciarse o de aislarse del grupo.

Ante tales diferencias conceptuales y existenciales, quizá la lectura de libros como esta Invitación a la filosofía japonesa de B. Stevens nos ayude a superar los muros intelectuales occidentales y a acercarnos a modos de ser seres humanos completamente distintos a los nuestros.

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