Jurisprudencia técnica y moralidad. Los límites morales de la humanidad civil (II) Los campos de aplicación de lo moral y lo jurídico.

Para Arendt, Eichmann no suponía un ejemplar adecuado de las categorías tradicionales del mal en un sentido moral. En efecto, no cabe juzgar su comportamiento como malvado, vengativo, ni siquiera como premeditado. A juicio de Arendt, la clave de que un individuo pausado, sistemático y poco dado a comportamientos violentos como lo era Eichmann pudiera llegar a causar un mal extremo como el del Holocausto reside justamente en lo opuesto: la conducta de Eichmann en el desarrollo y cumplimiento de sus obligaciones como responsable de la deportación de judíos a campos de concentración y su posterior exterminio fue, simplemente, irreflexiva. “Eichmann, sencillamente, no supo jamás lo que se hacía.”

Banksy - Mal banalAtendiendo al hecho de que el propio Eichmann declaró en el juicio ser plenamente consciente de cuáles eran sus obligaciones administrativas en el Reich y, por consiguiente, en qué acciones prácticas desembocaban sus decisiones burocráticas, sólo cabe entender esta afirmación de Arendt en relación al sentido moral de las acciones de Eichmann. En este sentido, lo que Arendt sostiene es que Eichmann nunca comprendió adecuadamente que lo que estaba llevando a cabo era un mal extremo, radical. Y ello no por estupidez moral, es decir, no por incapacidad de reconocer el bien y el mal en sus actos. Su biografía demuestra que era plenamente capaz de distinguir entre el bien y el mal en su ámbito familiar y social. Su irreflexión residió en una firme disposición a cumplir ciegamente las órdenes que se le imponían laboralmente, sin reflexionar acerca del valor moral de éstas. Para él, las órdenes que se le imponían eran neutrales a un nivel moral de juicio, como neutral era, en consecuencia, su comportamiento laboral. Y, por ello mismo, no cabía juzgar moralmente sus actos, por lo que no había condena moral posible de ellos dentro del contexto histórico en el que ocurrieron, y, en consecuencia, tampoco la merecían.

Esto explica el que, una vez enfrentado a sus crímenes en el proceso de Jerusalén, Eichmann reconociera que debía ser ajusticiado y condenado a muerte por lo que había hecho, a pesar de no sentir ningún tipo de remordimiento de conciencia por ello. La postura que sostuvo en su defensa judicial es coherente en este punto con su argumentación: su conciencia moral estaba por debajo del imperativo de cumplir las órdenes, y, por lo tanto, el hecho de juzgar como moralmente incorrecto los actos que estaba llevando a cabo nunca podría haber sido suficiente para anular su obligación laboral, contractual, legal, para con el partido, en el cumplimiento de las órdenes que se le imponían, y del papel que jugaba en la maquinaria global de la nación.

“No, Eichmann no era estúpido. Únicamente la pura y simple irreflexión –que en modo alguno podemos equiparar a la estupidez– fue lo que le predispuso a convertirse en el mayor criminal de su tiempo.” (Hannah Arendt, Eichmann en Jerusalén, pág. 418)

ley moralEs necesario reconocer en estas afirmaciones de Arendt, como más tarde veremos de nuevo, el seguimiento de la tesis moral kantiana según la cual el puro uso de la razón (práctica) desemboca en el reconocimiento de la ley moral, pues es por este motivo por el que surge principalmente el conflicto en el análisis de Arendt.

En efecto, para ella, si Eichmann hubiese reflexionado sobre lo que estaba haciendo, si más allá del cumplimiento de las órdenes hubiese sido capaz de aplicar su propia facultad de juzgar acerca de aquello que le estaban ordenando hacer (y lo de “propia” es aquí determinante), entonces habría podido reconocer, sin duda alguna, el mal extremo que esas acciones conllevaban, y posiblemente nunca hubiera sido capaz de seguir realizándolas. Por eso Arendt indica explícitamente que la irreflexión no es lo mismo que la estupidez: una cosa es ser incapaz de pensar adecuadamente, y otra cosa es anular, voluntaria o involuntariamente, la facultad del juicio, sin que ello conlleve perjuicio alguno para la inteligencia práctica. Ya Aristóteles reconocía que la destreza práctica, ejecutada sin la virtud de la prudencia, podía llegar a ser monstruosa, ya que le permitiría al agente llevar a cabo los más crueles y malvados actos con una perfección práctica asombrosa y sin ningún tipo de consideración moral.

Ahora bien, ante la postura de Arendt surge inevitablemente la sospecha: ¿en qué medida hubiera podido aceptar Arendt que alguien llevase a cabo de un modo plenamente reflexivo los mismos actos administrativos que Eichmann realizó, esto es, siendo perfectamente consciente del mal que estaba produciendo? ¿Cuál es el motivo de que Arendt señale continuamente que la sociedad nazi, es decir el hecho de que prácticamente toda la nación alemana apoyara los principios de la ideología nazi, fue posible gracias a un detenido lavado de conciencia que produjo el colapso moral de toda una sociedad? Es cierto que a partir de las declaraciones de Eichmann, tal y como Arendt las transcribe en su informe, es muy difícil afirmar que alcanzase en sus actos el nivel reflexivo que Arendt considera como necesario para poseer una conciencia y una responsabilidad morales de alta estima; pero es igualmente difícil no afirmar ese mismo hecho respecto a personalidades del gobierno nazi como Himmler, Goebbels o el propio Hitler. Es en este sentido en el que la tesis de Arendt acerca de la banalidad del mal extremo de Eichmann deviene seriamente problemática frente a sujetos plenamente capaces de reflexionar (moralmente) sobre sus actos y, aún así, completamente decididos a seguir con sus planes asesinos y a ser consecuentes con ellos.

Lovis+Corinth+KainComo ya señalábamos en la primera entrada de esta publicación (Introducción: Eichmann en Jerusalén) Arendt quiere evitar estas cuestiones para centrarse en el problema jurídico del proceso de Jerusalén, sosteniendo de nuevo que lo que ella se propuso era redactar el informe de tal proceso y analizar en qué medida tal proceso era jurídicamente legítimo:

“Aparentemente más complicada, pero en realidad mucho más simple que el examen de la interdependencia entre la irreflexión y la maldad, es la cuestión referente al tipo de delito cometido por Eichmann, un delito unánimemente considerado sin precedentes.” (Ibíd., pág. 419)

¿Cómo juzgar en un juicio público de manera justa a un criminal cuyo crimen no está tipificado como tal en las leyes que rigen ese juicio? Ésta es la pregunta clave que, según Arendt, persigue resolver todo el análisis implicado en su informe. Por eso investiga los conceptos jurídicos que podían haber sido aducidos en el juicio por la acusación o por la defensa, conceptos que sí estaban tipificados por las leyes, a diferencia de cualquier tipo de valoración moral de los actos de Eichmann.

Ahora bien, es la propia Arendt la que, en su argumentación, vincula la irreflexividad  específicamente moral de Eichmann con su delito en la medida en que sostiene que fue esa irreflexividad la que hizo posible que Eichmann hiciera lo que hizo; entonces, ¿hasta qué punto las valoraciones morales no deben entrar en juego en el proceso judicial? En el proceso de Jerusalén, ¿se debía o no se debía apelar a su irreflexividad a la hora de condenarle? ¿Podía haberse utilizado esta incapacidad de juzgar moralmente sus actos como prueba incriminatoria que conllevase para Eichmann la pena de muerte en un juicio en el que, por definición, no caben las valoraciones morales? Los razonamientos de Arendt llevan a responder negativamente a ambas preguntas en la medida en que las cuestiones morales no deben entrar en juego a la hora de juzgar sentencia contra el acusado, si bien pueden modificar tal sentencia; lo que no significa, sin embargo, que la propia Arendt opine consecuentemente de este modo.

El juicio de salomónPor lo tanto, era necesario encontrar un concepto jurídico exento de cualquier nota moral que le permitiese al jurado condenar a muerte a Eichmann con independencia de su irreflexividad moral, únicamente en base a los actos administrativos y legales que éste llevó a cabo dentro del contexto del régimen nazi durante la guerra en relación a la puesta en práctica de la Solución Final.

Es en este punto en el que el problema del análisis de Arendt sale a la superficie en toda su crudeza. Pues, en tanto que Eichmann actuó siempre dentro del marco legal del Tercer Reich y nunca uno de sus actos violó ninguna ley, ni dentro de éste, ni en el contexto legal argentino bajo el cual se ejecutó su detención, nunca hubiera sido acusado de delito por ellos. Lo que significa que, desde la más estricta jurisprudencia técnica, Eichmann nunca debió ser condenado a muerte, sino, por el contrario, puesto en libertad, en base a la misma justicia legal desde la que fue juzgado.

Como ya se habrá entendido, se trata de delimitar con claridad en qué punto se encuentra la culpabilidad de Eichmann: si la concebimos como una culpabilidad jurídica, legal, no podemos más que reconocer que los sistemas jurídicos vigentes en aquel momento no estaban preparados para juzgar un delito como el suyo (ni lo están ahora); si, por el contrario, consideramos que Eichmann era culpable en un sentido moral, entonces tendremos que indicar con claridad cuál es el principio moral violado por Eichmann (al menos con la misma claridad con la que se señalan los principios legales violados por los criminales) y en qué medida dicho principio era válido para él en el momento histórico de cometer sus actos, en el contexto del Tercer Reich.

La argumentación de Arendt, que guía toda nuestra discusión, indica que la opción correcta a la hora de interpretar y entender la culpabilidad que se le predicó a Eichmann es la primera, no la segunda. De hecho, por principio no deberíamos optar por la segunda, ya que las consideraciones morales no caen bajo la jurisdicción de la jurisprudencia mediante la que Eichmann fue juzgado y condenado culpable. Si la culpabilidad de Eichmann fuera en el fondo una culpabilidad moral, mas no legal, entonces todo el proceso de Jerusalén sería una farsa política totalmente injustificada, y la pretensión de Arendt de analizar jurídicamente la legitimidad de ese juicio estaría equivocada desde un primer momento. Como entendemos que el juicio de Eichmann no se hubiera realizado nunca de ser esto cierto, o, al menos, que una pensadora de la talla de Arendt nunca se hubiera expuesto a verse mezclada con semejante farsa, sólo cabe pensar que la culpabilidad de Eichmann era realmente una culpabilidad jurídica y, en esa medida, que los argumentos a favor o en contra de esta culpabilidad debían mantenerse en todo momento en el ámbito de la jurisprudencia técnica.

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