James W. Heisig y los filósofos de la nada

Filo¦üsofos de la nadaJames W. Heisig, Filósofos de la nada. Un ensayo sobre la Escuela de Kyoto, Editorial Herder.


Suele considerarse como característica típica de la filosofía europea o continental su clásico egocentrismo, como si sólo el pensamiento crítico nacido entre los Urales y Gibraltar tuviera el honor de ser considerado “filosofía”. Ahora bien, el hecho más significativo de tan común consideración reside precisamente en que sólo aquellos que vienen de fuera de esos límites a estudiar lo que sentimos como exclusivamente nuestro pueden llegar realmente a tal valoración.

Así, este tipo de consideraciones sólo vienen al final a vaciar aún más de significado la expresión “filosofía”, tan vacua ya de por sí desde su propio nacimiento. A lo largo de la historia ninguno de los grandes filósofos ha sido capaz de definir adecuadamente qué es eso de la “filosofía”, que aparentemente ellos vienen realizando desde hace milenios, y en virtud de la cual son llamados precisamente “filósofos”. ¿Qué diferencia a un pensador de un filósofo? ¿Dónde se encuentra la línea divisoria que limita ambos territorios intelectuales?

Logos-Severed-from-MythosSe suele citar a este punto la distinción entre mythos (mito cultural) y logos (pensamiento conceptual sistemático), pretendiendo señalar que la característica central de la filosofía sería justamente la de localizar el logos en todo mythos. Se olvidan los que así hablan de que el logos nunca se dio luz a sí mismo ni fue creado ex nihilo, sino que tiene en el mythos a su progenitor, al cual vendría después a desterrar y asesinar, como un Edipo condenado a sacarse los ojos ante la luz de su crimen: no hay logos sin mythos ni mythos sin logos.

¿Cómo establecer entonces la distinción? Ante este panorama, libros como Filósofos de la nada: un ensayo sobre la Escuela de Kyoto, de James W. Heisig, son realmente útiles a la hora de iluminarnos el camino para establecer esa frontera huidiza. Heisig, oriundo del continente egocéntrico, comenzó su formación intelectual primero en Europa, continuándola en toda América, para, finalmente, desembocar en el Instituto Nanzan de Japón. De esta manera pudo convertirse a la vez en nativo y extranjero de la filosofía continental, es decir, en producto del mythos europeo y en analizador externo de él. Lo que le permitió comprobar al final en su propia persona que, en efecto, hay filosofía más allá de la llamada “Filosofía”.

Este libro es una gran muestra de ello. Escrito en uno de los idiomas europeos (el español, para sorpresa de todos los amantes hispanoparlantes de la cultura asiática), recoge la historia y la trayectoria intelectual de tres filósofos japoneses, y no simples pensadores, que a principios del siglo XX decidieron aprender la filosofía europea desde su propio mythos-logos para poder aportarle a la tradición cultural japonesa un pensamiento sistemático. Igual que Heisig, se convirtieron en extraños de su propia cultura que vinieron a sistematizarla para hacerla filosófica. La misma historia de Edipo matando al padre y colocándose en su puesto, aunque, paradoja para el egocentrismo europeo, en este caso Edipo tenía los ojos rasgados.

Ahora bien, ¿qué hace que seamos capaces de considerar la obra de Nishida Kitarô (1870-1945), Tanabe Hajime (1885-1962) y Nishitani Keiji (1900-1990) como el núcleo de la primera escuela de pensamiento verdaderamente filosófico de la historia japonesa? El propio Heisig nos indica la respuesta en estas palabras:

“Si entendemos la filosofía en su sentido más estricto, es decir, como esa tradición intelectual que comenzó en Atenas en el siglo VI antes de nuestra era, que fue difundiéndola a través de los imperios griego y romano, echó raíces en los países de Europa en el siglo IV y en América a partir del XVII, entonces cualquier afirmación sobre una supuesta participación japonesa en la historia de la filosofía asume un significado bien diferente. (…) Una cosa es extender la palabra filosofía provisionalmente y otra incluir tradiciones de pensamiento de esos países [orientales] con el propósito de hacer comparaciones, pero aun esta misma idea de una filosofía comparativa termina confirmando la separación y, encubiertamente, respaldando la suposición de que la única filosofía mundial es una filosofía hecha con el molde occidental. Es precisamente este molde el que Nishida, Tanabe y Nishitani han quebrado.”

KiyomizuderaNo se trata de que el logos que viene a sistematizar al mythos y a ocupar su puesto sea necesariamente desarrollado sólo en Europa, por mucho que nuestro continente fuese el primero en engendrar tal obra de la razón, sino de que cualquier mythos, sea de donde sea y mantenido por quien sea, sea sometido a tal examen propiamente filosófico. En este sentido, los filósofos de la Escuela de Kyoto no son los primeros filósofos de la historia de Japón por haber aprendido la filosofía europea, sino porque, estudiándola, aprendieron a su vez los procesos intelectuales propios de ese ejercicio tan misterioso que llamamos filosofía, de manera que fueron capaces después de aplicar ese logos de origen europeo a su mythos japonés para dar lugar a una filosofía propiamente japonesa. Lo que Heisig recoge con el (desafortunado) término de “filosofía mundial” no es más que el esfuerzo común de todos los seres humanos, en este caso el de tres filósofos japoneses concretos, por entender su propia existencia, su realidad, su cultura y su historia mediante un planteamiento sistemático común.

Por ello, es indiferente que aquí el mythos analizado sea la religión budista o la cultura elaborada en torno a los ejercicios espirituales del zen en vez de la religión cristiana, objetivo clásico de la filosofía continental; lo importante es el logos que en ese esfuerzo de análisis da lugar a una filosofía propiamente japonesa. Este libro de Heisig, que se une a los libros clásicos acerca de la filosofía oriental, resulta de gran ayuda a la hora de entender ese esfuerzo para aquellos que, egocéntricamente, lo intentamos entender desde fuera de sus propias fronteras intelectuales, pues gracias a él, no sólo aprendemos los contenidos de la filosofía japonesa, sino que también alimentamos nuestra propia historia filosófica. Por eso, este libro no es un simple libro de historia, sino, propiamente hablando, de filosofía.

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