La nueva apuesta de Pascal: Kant y Nietzsche.

El objetivo que perseguía Kant en la Crítica de la razón pura era analizar las condiciones de posibilidad que todo conocimiento en general, y en particular el conocimiento metafísico, debe cumplir para ser concebido como ciencia. Con ese propósito, comprobó que toda ciencia posible debe regirse por dos exigencias: una, mantenerse siempre en los límites de la experiencia, que establecen a su vez los límites del conocimiento humano; y dos, no realizar un uso indebido, es decir, extraempírico, de las categorías del entendimiento humano.

El problema de la metafísica surge cuando queremos adquirir un conocimiento científico acerca de elementos de los que no tenemos experiencia alguna. Estos elementos son, principalmente, tres: la inmortalidad del alma, la libertad del hombre y la existencia de Dios. Este último es fundamental para el conocimiento, pues surge necesariamente en su proceso como ideal del ser, es decir, como el ente abstracto que representa perfectamente las características de un concepto del entendimiento para el cual no hay ningún elemento en la experiencia que sirva de referente adecuado.

KantA pesar de ello, la metafísica, según Kant, pretende afirmar y demostrar la existencia de ese ideal. Sin embargo, en su análisis de las condiciones de posibilidad de una ciencia Kant demuestra la imposibilidad de tal demostración. Lo que implica que ningún conocimiento acerca de Dios, ni siquiera acerca de su existencia o inexistencia, puede ser considerado como conocimiento científico. Y lo mismo puede sostenerse respecto de la inmortalidad del alma y de la libertad del hombre. Esto niega rotundamente que la metafísica de la naturaleza sea una ciencia.

Con esto Kant niega a la razón pura especulativa o científica la capacidad de afirmar la existencia de Dios. Pero esto no significa que nada podamos decir con certeza acerca de ella. Kant llega a la misma conclusión que Hume, esto es, que nada podemos conocer con certeza absoluta acerca de Dios, pero eso no le lleva, como a él, a adoptar una postura escéptica respecto a ese tema y a buscar los fundamentos de la moral humana en ámbitos ajenos a la divinidad. Para Kant, es la razón pura práctica la que puede afirmar, si no con necesidad y universalidad, al menos con certeza, que Dios existe, y ello partiendo del análisis de la condición moral humana.

En su análisis de la moral, Kant toma un concepto como fundamental, el de buena voluntad: una voluntad buena, también denominada por Kant santa, es aquella que está regida por la ley moral, una ley a priori racional que todos los seres humanos poseemos por el hecho de ser racionales. En efecto, todo ser humano conoce por sentido común qué es moralmente bueno y qué no lo es, por poco instruido que sea. Para Kant la moralidad es un hecho, un factum innegable, pues podemos hacer juicios de valor conforme a una ley moral universal que todos conocemos de antemano, previamente a cualquier cultura a la que pertenezcamos o educación que recibamos.

Esta ley moral, que es más una forma pura de ley que una ley material objetiva, determina a la voluntad con su deber. De tal modo que una voluntad es moral y virtuosa, y por lo tanto buena, cuando es movida únicamente por respeto al deber impuesto por la ley moral. La voluntad debe estar entonces directa e inmediatamente determinada por la ley moral para que pueda ser calificada como buena en sí. Y cumplir esto es el objetivo que persigue todo ser racional que se mueva racionalmente.

Ahora bien, la voluntad del hombre no está regida únicamente por la ley moral, sino que también se ve presionada porTentación nuestras inclinaciones, entendidas como pasiones e intenciones no racionales, motivos concretos y empíricos. De ese modo, aunque sepamos de antemano qué es moralmente bueno y qué es moralmente malo, y por naturaleza procuremos evitar esto último en beneficio de lo primero, cuando nos dejamos llevar por nuestras inclinaciones no actuamos racionalmente, y por tanto no reconocemos el mal en nuestras acciones.

Esta situación es, en principio, inevitable. Todo ser racional quiere ser virtuoso. Con ello espera alcanzar una ansiada felicidad, la cual, unida a la vida virtuosa, que es condición de ella, conformaría el sumo bien al que aspira el ser humano. Sin embargo, nuestra condición sensible y finita hace que ni seamos completamente virtuosos ni seamos felices.

De hecho, y éste es el núcleo de nuestra tragedia, en nuestras acciones se da una situación que repugna a la razón: una acción virtuosa, realizada por amor a la ley moral, no viene seguida de la felicidad de su agente.

Aquélla, la santidad, tiene que ser siempre el modelo para proceder en todo estado y ya en esta vida es posible y necesario el progreso hacia ella, en cambio, ésta, la bienaventuranza, bajo el nombre de felicidad, no puede ser alcanzada en este mundo (en cuanto depende de nuestro poder), y por consiguiente constituye sólo un objeto de esperanza.” Crítica de la razón práctica, A 232, B 129.

Podemos aspirar a ser morales, adecuar nuestras acciones al deber impuesto por la ley moral; pero nunca alcanzaremos la felicidad en esta vida dada nuestra condición . Según esto, la moral, para desgracia nuestra, se convierte en una doctrina que no indica cómo hacernos efectivamente felices, sino simplemente cómo podemos llegar a ser dignos de ser felices.

Ahora bien, ¿en qué consiste estrictamente ser moral? En una adecuación plena y firme, esto es, completa y estable, de nuestra voluntad conforme a lo exigido por la ley moral. Tal adecuación debe ser completamente posible, pues supone el objeto primero de la ley moral, que nos es dada a priori por la razón pura, y la condición de posibilidad de la felicidad, fin último de toda acción racional. Repugnaría a la razón que nuestra misma naturaleza nos impusiera como obligación atender auna ley cuyo cumplimiento por parte de seres constituidos como nosotros resulta, en último término, imposible.

factoides.com.arY, sin embargo, nos vemos forzados a sostener que éste es nuestro caso: es imposible que se dé una adecuación plena y firme en un ser finito e inmerso en el mundo sensible que le desvía impertinentemente de la determinación inmediata de la ley moral. Lo cual, con todo, no anula que tal adecuación sea una exigencia de nuestra razón práctica, que impone que toda acción esté dirigida a conseguir ese fin. Es por ello que sólo nos cabe esperar que esa adecuación sea verdaderamente posible en una progresión infinita de adecuación de nuestra voluntad con lo dictado por la ley moral.

Y es este requisito el que nos lleva a postular igualmente la inmortalidad del alma como condición de posibilidad de esa progresión infinita exigida por nuestra razón práctica, desde que, obviamente, por experiencia conocemos que nuestra existencia es finita: sólo si nuestra existencia es infinita podremos adecuar progresivamente nuestra voluntad con la ley moral, de tal modo que, en el límite, la adecuación sea completa y nuestra voluntad sea santa.

De este modo Kant postula la inmortalidad del alma para hacer posible, ya desde esta vida terrenal, la acción moral, pues ninguna de nuestras acciones podría ser considerada como moral si no fuera posible tal adecuación progresiva. Sostenida de esta manera, la afirmación de la inmortalidad del alma salva los límites del conocimiento científico.

“[Los postulados] no son dogmas teóricos, sino suposiciones emitidas desde un punto de vista necesariamente práctico, y por lo tanto no amplían el conocimiento especulativo, pero dan realidad objetiva a las ideas de la razón especulativa.” Crítica de la razón práctica, A 238, B 132.

Kant había demostrado que la razón pura especulativa no podía demostrar ni la inmortalidad del alma ni la existencia de Dios; pero ello no anula que tales ideas puedan ser postuladas de un modo necesario por la razón práctica para su desenvolvimiento. Así, los postulados no son, estrictamente, demostraciones racionales, sino tesis derivadas necesariamente de la ley moral, la cual por su parte no es ningún postulado sino una ley a priori de la razón práctica, para poder llevar a cabo sus exigencias. Por eso podemos actuar «como si» fuéramos inmortales como condición de posibilidad de nuestras acciones morales, sin necesidad de una demostración racional de ello.

Por lo tanto, podemos ser morales, podemos llevar a cabo acciones virtuosas. Pero no debemos olvidar que la virtud no conlleva en los seres humanos de un modo necesario la felicidad. Es más, ni la ha conllevado en el pasado ni la conlleva en el presente en absoluto, pues Kant entiende por felicidad el estado de un ser racional en el que los acontecimientos naturales y sociales transcurren conforme a sus deseos, esto es,en el que todo ocurre tal y como él quiere. Y esto es imposible si ese ser tiene que conformar por sí mismo esa concurrencia, pues él no es causa de los acontecimientos del mundo: por muy moral que sea su acción, la serie de acontecimientos de la realidad no se verá forzada a conformar con ella.

Un mundo felizNo obstante, la felicidad tiene que ser igual de posible que la virtud, pues ambas vienen exigidas por la ley moral. La felicidad entonces sólo es posible de un modo: postulando igualmente la existencia de un ser supremo y omnipotente, causa tanto de mi existencia y de mi voluntad como de la existencia del mundo y de su serie de acontecimientos, y justificando en su existencia la esperanza o fe racional (pues se sustenta en la razón y no es absurda) de que a la virtud le corresponderá en algún momento la felicidad. Solamente de una voluntad moralmente perfecta (sana y buena), y al mismo tiempo omnipotente, podemos esperar el bien supremo, que la ley moral hace que sea un deber ponernos como objeto de nuestro esfuerzo.

De este modo, gracias a estos dos postulados, podemos establecer racionalmente, aunque no demostrar necesariamente, la posibilidad de alcanzar el sumo bien exigido por la ley moral. En efecto, la inmortalidad del alma, derivada de la condición prácticamente necesaria de una duración adecuada al cumplimiento completo de la ley moral, posibilita una vida virtuosa al actuar «como si» fuéramos inmortales y nuestra existencia fuera infinita. Por su parte, la existencia de Dios, es decir, la suposición del bien supremo independiente y causa de la adecuación de mi voluntad con el mundo, posibilita la esperanza o fe racional en una vida feliz al actuar «como si» esa adecuación fuera posible. Podemos entonces, y debemos racionalmente, actuar no sólo conforme a la ley moral, sino por amor a ella, con la esperanza de que de ese modo podremos ser felices en algún momento.

Éste es el argumento según el cual Kant, partiendo de la ley moral, postula racionalmente la existencia de Dios. Nietzsche, siguiendo a Schopenhauer, lo critica duramente y lo niega completamente. Para ello, no busca consecuencias ilógicas o no demostradas, ni intenta refutar alguna de sus líneas argumentativas, sino que se dirige directamente al fundamento de todo el argumento, es decir, critica la existencia misma de una ley moral universal presente en todo ser racional por igual. Éste es el objetivo que persigue en el primer tratado de La Genealogía de la moral.

“Finalmente se deja oír una nueva exigencia. Enunciémosla: necesitamos una crítica de los valores morales, hay que poner alguna vez en entredicho el valor mismo de los valores.” Éste es el espíritu que guía toda la crítica nietzscheana, no sólo a la ética kantiana, sino a toda ética que se fundamente sobre valores morales cuyo valor propio no ha sido puesto en duda. Nietzsche-MunchSin embargo, el caso de Kant es quizá el más grave, pues él se propuso hacer una verdadera crítica racional de la moral. Nietzsche le acusa justamente de eso, de no haber realizado la verdadera crítica al no ser capaz de analizar los valores morales mismos en términos de valores. Por eso Nietzsche le llama a Kant el obrero o juez de la filosofía, que mantiene el valor del bien sin criticarlo y desde él establece el deber de la acción.

El planteamiento ético tradicional en Occidente desde Platón ha consistido fundamentalmente en clasificar toda una serie de acciones y principios de la acción según una escala de valores que se consideraba como elemento último, racionalmente dado, en función de la cual se valoraban las acciones. Lo que este planteamiento esconde en realidad, lo que Nietzsche denuncia en él, es que los valores morales adquieren el rango de dogma incuestionable. Se toma al valor como algo dado, real y efectivo, situado más allá de toda duda.

Por el contrario, allí donde hay valores Nietzsche exige buscar el valor de esos valores, la valoración o modo de existencia de la que han derivado esos valores [ver: La voluntad de poder como herramienta de crítica moral. La defensa nietzscheana del hombre autónomo (I)], pues cree firmemente que todo valor deriva de una valoración vital: todo valor es muestra de un modo de existencia concreto en el que ese valor adquiere sentido. Por eso afirma que para hacer la crítica de los valores “se necesita tener conocimiento de las condiciones y circunstancias de que aquéllos surgieron, en las que se desarrollaron y modificaron (la moral como consecuencia, como síntoma, como máscara)”. La moral es una consecuencia, un síntoma de un determinado modo de vivir la vida.

Esta idea tiene una consecuencia directa en la crítica del pensamiento de Kant: no puede existir algo así como una ley moral universal. De hecho, Kant mismo declara su culpabilidad al afirmar que la ley moral es a priori. Para Nietzsche sostener algo así es absurdo: si la moral es el resultado de la valoración de la vida, la moral surge de una valoración de nuestra vida, ello implica que una ley moral a priori sería una ley derivada de una experiencia a priori, imposible en sí misma. Todo intento de establecer una ley moral y una escala de valores puras, sin rasgos empíricos, es un intento nulo desde el momento en que todo valor es una interpretación de la vida y de la realidad, de la existencia.

Valores moralesPor tanto, Nietzsche niega de raíz la existencia de una ley moral universal a priori, y exige que todo valor moral, como la virtud kantiana, sea referida, primero, a una escala de valores, y segundo, a la valoración o modo de existencia de la que esa escala de valores es consecuencia, síntoma. Consiguientemente, ninguna teoría moral que se fundamente en la exigencia a priori de la ley moral de sostener postulados para la consecución de la felicidad puede ser válida, pues, si no hay ley moral a priori, no hay necesidad práctica a priori.

Aquí es donde surge el valor existencial de toda la filosofía moral de Kant, donde se ven los fundamentos originales de su teoría. En el fondo, el planteamiento kantiano de postulados prácticos es una reformulación de la apuesta de Pascal:

“Usted tiene dos cosas que perder: la verdad y el bien, y dos cosas que comprometer: su razón y su voluntad, su conocimiento y su bienaventuranza; y su naturaleza posee dos cosas de las que debe huir: el error y la miseria. Su razón no resulta más perjudicada al elegir la una o la otra, puesto que es necesario elegir. Ésta es una cuestión vacía. Pero ¿su bienaventuranza? Vamos a sopesar la ganancia y la pérdida al eligir cruz (de cara o cruz) acerca del hecho de que Dios existe. Tomemos en consideración estos dos casos: si gana, lo gana todo; si pierde, no pierde nada. Apueste a que existe sin dudar.” Pascal, Pensamientos, III – §233.

Kant, al igual que hizo Pascal, plantea una apuesta vital: podemos vivir sin Dios, o podemos vivir con Dios. La razón pura especulativa nada nos puede decir con certeza absoluta acerca de si Dios existe o no existe; luego debemos atender a la razón práctica para comprobar cuáles son las consecuencias prácticas de cada una de las dos posibilidades. Así, una existencia con Dios abre la posibilidad de la acción moral en esta vida y nos brinda la esperanza o fe racional, y con ello una cierta satisfacción, de que a la virtud le corresponderá en algún momento la felicidad (satisfacción amarga, dado nuestro conocimiento especulativo de su imposibilidad). Por el contrario, una existencia sin Dios niega la posibilidad de la moral, es decir, y convierte realmente esta vida en un valle de lágrimas al imposibilitar la consecución de la felicidad.

La felicidad de los malvadosNietzsche, sin embargo, no está tan seguro de que las dos posibilidades presenten estas características. Kant afirma muy confiadamente que la moral es la condición de posibilidad de la felicidad, de tal modo que no se puede ser feliz verdaderamente si no se es virtuoso; incluso sostiene que a un ser racional le repugna el hecho de que un hombre no virtuoso sea más feliz que uno virtuoso.

Ante esta afirmación tan ingenua, Nietzsche plantea la pregunta desconfiada:

“¿qué ocurriría si la verdad fuera lo contrario (…) de tal manera que justamente la moral fuese culpable de que jamás se alcanzasen una potencialidad y una magnificencia sumas, en sí posibles, del tipo hombre? ¿De tal manera que justamente lo moral fuese el peligro de los peligros?” La genealogía de la moral, I – §6.

Analizando las condiciones y circunstancias en las que surgieron los valores morales, Nietzsche concluye que existen básicamente dos modos de existencia, a los que denomina alto y bajo, del noble y del esclavo, afirmativo y negativo, activo y reactivo; todos estos nombres no están tomados como valores en sí, sino como representantes del modo de existencia al que se refieren.

Así, el noble, el individuo cuyo modo de existencia es afirmativo, parte de su propia realidad, se afirma a sí mismo, y se denomina a sí mismo bueno y virtuoso; por contraposición, el esclavo, el individuo cuyo modo de existencia es negativo, no parte, en la valoración, de sí mismo, sino que parte del hecho de que no es feliz, de que el mundo no se adecua a sus deseos. Mientras que el noble afirma la existencia en cuanto tal, tiene la capacidad de afirmar la realidad y de afirmarse en ella, y por eso puede considerarse a sí mismo y desde sí mismo como bueno, virtuoso y feliz al ser capaz de corresponder su voluntad con la realidad (sin necesidad de ser causa de ella), el esclavo no centra la valoración en sí mismo, sino en los efectos que tiene el exterior sobre él: el esclavo no tiene capacidad de afirmar la realidad, no puede hacerlo, le provoca tanto sufrimiento que es incapaz de afirmarla en cuanto tal, y por eso denomina como malvado y culpable a todo lo que le causa sufrimiento.

Aquí es donde se presenta la gran paradoja de la moral: mientras que en el modo de existencia afirmativo el valor «bueno» procede de la afirmación de la propia realidad y aporta felicidad, y el término «malo» sólo surge en un segundo momento y como consecuencia indirecta de la afirmación original, en el caso del modo de existencia negativo la valoración original es negativa, se niega lo externo y se lo considera como culpable, de tal modo que la autovaloración como bueno sólo surge como consecuencia de una negación.

“Este necesario dirigirse hacia fuera en lugar de volverse hacia sí – forma parte precisamente del resentimiento: para surgir, la moral de los esclavos necesita siempre primero de un mundo opuesto y externo (…) su acción es, de raíz, reacción.” La genealogía de la moral, I – §10.

Pero una afirmación que deviene de una negación no es una verdadera afirmación, sino que es una segunda negación: se niega lo negado para llegar a la afirmación. Por culpa de esto el esclavo, por mucho que se llame «bueno», por mucho que quiera afirmar su modo de existencia, nunca llegará a hacerlo plenamente. Lo que, obviamente, le produce una eterna insatisfacción frente a la vida: nunca podrá ser feliz si para afirmarse a sí mismo necesita primero negar algo externo.

InfelicidadY esto es justamente lo que le ocurre a Kant: él mismo sostiene que la felicidad es imposible en esta vida debido a que nuestra voluntad nunca se adecuará a la realidad, es decir, a que nuestra voluntad nunca será capaz de afirmar la realidad y actuar en cuanto tal. Por eso la moral de Kant es una moral reactiva, porque niega de entrada la realidad: Kant negaba por principio que a la virtud le acompañara la felicidad, aunque, paradójicamente, la reconociera como su condición de posibilidad. Una moral que necesita de postulados indemostrables para garantizar la felicidad es una moral cuya virtud se establece desde la negación directa del mundo conocido. Justamente por eso la moral es, a ojos de Nietzsche, el peligro de los peligros: la moral del esclavo imposibilita, por su propia naturaleza, la felicidad.

En este momento Nietzsche está preparado para plantearse la misma apuesta vital que Kant; pero ahora los elementos de la apuesta han variado considerablemente. ¿Qué significa una existencia con Dios? Significa una existencia que niega la realidad de entrada y necesita sostener indemostrablemente una existencia post-mortem (postulado de la inmortalidad del alma) y un ser infinito que recompense a la virtud con la felicidad (postulado de la existencia de Dios).

Ahora bien, ¿qué implica una existencia sin Dios? Significa la afirmación de la realidad en sus condiciones actuales y la afirmación de uno mismo inserto en esa realidad: es el sí absoluto, complacido y feliz de un ser que está satisfecho consigo mismo y con su acción y que es feliz con su propia existencia.

En último término, la decisión siempre tiene que venir establecida por su valor de respuesta ante nuestra exigencia de ser felices. Kant concede que, por mucho que postulemos la inmortalidad del alma, la razón especulativa nos dice, si no con absoluta certeza, al menos con mucha probabilidad, que nuestra existencia cesa en el momento de nuestra muerte; por eso hay que postular la inmortalidad del alma y la existencia de Dios para poder creer lo increíble. Pero, ¿qué necesidad hay de establecer postulados de validez indemostrable para sostener una aproximación a la felicidad, si podemos afirmar directamente la posibilidad de esa felicidad sin necesidad de tales postulados? La muerte de Dios es la afirmación de la posibilidad real de nuestra felicidad.

La filosofía moral de Kant parte de un pesimismo ético (la vida virtuosa no nos aporta por sí misma la felicidad) para prometer una esperanza – la filosofía moral de Nietzsche asegura la felicidad, incluso la felicidad moral ansiada por Kant, sin necesidad de postulados ni esperanzas. En Kant la filosofía moral es una teoría de cómo hacernos dignos de ser felices que sostiene, a su vez, la imposibilidad de serlo plenamente – en Nietzsche la filosofía moral es una teoría de cómo ser efectivamente felices, desde un concepto de virtud que sí es causa de la felicidad.

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