El descubrimiento negativo del ser (I) – La cuestión genética del descubrimiento del mundo externo.

La pregunta por la existencia efectiva o real del mundo externo, de un hipotético plano de existencia espacial externo a la conciencia que nosotros tenemos de él y completamente independiente de ella, debe contar entre sus primeros puntos de reflexión y análisis con la cuestión acerca de cómo somos conscientes de la existencia de tal mundo. Pues no es en absoluto suficiente caer en la cuenta de que el mundo está siempre presente ante nosotros en todas y cada una de nuestras vivencias intencionales para poder afirmar adecuadamente que somos conscientes de que dicho mundo existe.

En nuestra experiencia cotidiana, multitud de elementos de nuestro mundo entorno pasan continuamente desapercibidos en las diferentes vivencias que pueblan nuestra conciencia sin que seamos conscientes de ellos, a pesar de que sabemos perfectamente que existen. Mientras escribo estas palabras, por ejemplo, mis manos suponen un elemento de mi campo visual, pertenecen al elenco de entidades que puedo percibir visualmente en este mismo momento; y, sin embargo, la gran atención y concentración que le ofrezco a lo que estoy escribiendo producen que esa percepción, en sí misma posible, no sea una percepción efectiva, real. Hasta el punto de que podría suceder que en este mismo instante, de forma repentina, me hiciera consciente del hecho de que mis manos, en realidad, no están posadas encima del teclado, como creía en un primer momento, sino ocultas bajo la mesa y reposando sobre mis piernas. De modo que, finalmente, no podría llegar a percibirlas visualmente si quisiera, tal y como en un primer momento esperaba. E, igualmente, una conciencia de este tipo sólo sería posible si algo relativo a mis manos llamase espontáneamente mi atención y me forzase a centrarme en ellas. Porque, de lo contrario, al no ser un elemento importante en este momento para los procesos cognitivos que estoy ejecutando, mis manos pasan perfectamente como inexistentes para mí, en una suerte de fondo perceptivo o infracapa intencional.

Mundo externoDel mismo modo se presenta ante mí mi mundo entorno en todas y cada una de mis vivencias intencionales que lo suponen, pero que no lo toman como un objeto central de su interés o atención. Como señala el concepto husserliano de «mundo de la vida», resulta evidente que el mundo, como «mi» mundo, está siempre ahí, presente, delante de mí, como el horizonte o el contexto vital dentro del cual todo acontece y, por lo tanto, sin el cual nada puede ser para mí. Pero, tal y como ocurre con mis manos en este momento, esa evidente presencia del mundo entorno en mi conciencia no es condición suficiente para que yo pueda afirmar en este momento, sin rastro alguno de duda y con toda legimitad científica, que sé que ese mundo está presente ante mí, en el sentido de que soy consciente de ello. En absoluto podría ahora mismo hablar acerca de mi mundo entorno, del mismo modo que tampoco puedo hablar adecuadamente de mis manos mientras escribo estas palabras, pues ni mis manos ni ese mundo entorno suponen en este momento el objeto intencional consciente de mis vivencias.

Es cierto que en el trasfondo de todo lo que ahora mismo percibo con consciencia objetual de ello se oculta ese mundo siempre dado ante mí. Pero, como Heidegger señaló suficientemente, la presencia de ese mundo ante mí no significa que yo sea consciente de ese mundo; más bien todo lo contrario: la obstinada y continua presencia de mi mundo entorno en todas y cada una de mis vivencias hace que esa misma presencia quede ocultada, casi incluso negada, por los entes que lo pueblan, de los cuales sí que puedo afirmar convenientemente que soy consciente de ellos.

Sé perfectamente que esta mesa está presente ante mí, igual que el ordenador que sobre ella se posa y en el que plasmo inocentemente mis pensamientos. Por supuesto, existe la posibilidad, a la que remite justamente la cuestión del realismo en metafísica, de que ninguno de estos entes exista realmente, en el sentido de que no supongan verdaderos entes reales independientes de la vivencia perceptiva en la que manifiestan su presencia ante mí. Pero ello no anula, como señala la tesis husserliana antes mencionada, que yo tenga una conciencia efectiva y real de su presencia ante mí, y que, por ello, pueda afirmar que son entes de «mi» mundo, aunque no pueda decir todavía que lo sean «del» mundo en general.

Mundo veladoEn las condiciones en las que me encuentro podría perfectamente sostener una afirmación de este tipo. Pero en absoluto puedo afirmar del mismo modo que sé que ante mí se despliega un mundo entorno, tal y como se despliegan los fenómenos visuales de mis herramientas de trabajo. Porque ese mundo, en realidad, no se me muestra del mismo modo, no se manifiesta de la misma manera que se manifiestan los entes que lo pueblan; sino que se manifiesta, de nuevo, como trasfondo, como horizonte; pero nunca como objeto intencional directo. Por decirlo en términos heideggerianos, puedo ocuparme con todas y cada una de las cosas que pueblan mi mundo, pero con el mundo en sí mismo considerado nunca puedo ocuparme.

Este punto puede pasar fácilmente desapercibido en la afirmación husserliana del «mundo de la vida» y en el consiguiente desarrollo que Heidegger elaboró de esa tesis en los análisis existenciales con los que se ocupo durante toda su obra. Defecto debido, precisamente, a la carencia de un análisis genético adecuado de la intuición fundamental que sustenta la tesis del «mundo de la vida». Esa intuición de base es la que Husserl recoge en su famoso «principio de todos los principios», que formula en el §24 del Ideas I del siguiente modo:

“que toda intuición en que se da algo originariamente es un fundamento de derecho del conocimiento; que todo lo que se nos brinda originariamente (por decirlo así, en su realidad corpórea) en la “intuición”, hay que tomarlo simplemente como se da, pero también sólo dentro de los límites en que se da. (…) Toda proposición que no hace más que dar expresión a semejantes datos, limitándose a explicitarlos por medio de significaciones fielmente ajustadas a ellos, es también realmente (…) un comienzo absoluto.”

Lo que sostiene este principio es que cualquier conocimiento, sea cual sea su objeto intencional, y pertenezca al campo gnoseológico que pertenezca, encuentra su principio, su inicio en sentido temporal y lógico, en la percepción (sensible o intelectual) en la que el contenido de ese conocimiento se manifiesta por primera vez, de forma originaria. Pero lo que en absoluto este principio sostiene, y de ello debemos ser plenamente conscientes, es que podamos llegar a aprehender conscientemente el contenido de ese conocimiento sólo porque éste se haya manifestado ya en algún momento en nuestra conciencia. Pues es completamente posible que algo se manifieste ante nosotros, es decir, que algo haga presencia fenoménica en nuestra conciencia, pero que nosotros no seamos capaces, por el motivo que sea, de aprehender ese contenido epistémico al que de hecho tenemos acceso.

Layout 1 copyEn el §43 de Ser y tiempo, analizando esta misma cuestión de la conciencia explícita que tenemos de la existencia del mundo externo, Heidegger afirma lo siguiente:

“La pregunta si hay siquiera un mundo y si acaso sus er pueda demostrarse, es, en cuanto pregunta que plantea el Dasein como estar-en-el-mundo (…) una pregunta sin sentido. (…) El mundo está esencialmente abierto con el ser del Dasein; y el “mundo” ya está siempre descubierto con la aperturidad del mundo. (…) Incluso lo real mismo sólo es descubrible sobre la base de un mundo ya abierto.”

En contra de esta tesis, es menester subrayar de nuevo que no tenemos consciencia explícita de todo aquello que se manifiesta en nuestra conciencia. Afirmar que podemos llegar a ser conscientes de nuestro mundo entorno, que podemos conocer directamente la existencia de nuestro mundo a través de los entes que lo pueblan y con los que nos ocupamos porque esos entes son aprehendidos como entes de ese mundo, supone pasar por alto el hecho de que para poder sostener que tenemos mundo debemos primero ser conscientes de que tal mundo está ahí, ya delante nuestra.

Y esto es precisamente lo que no logra simplemente la mera presencia del ente intramundo; ni tampoco lo logra la cadena de remisiones entre útiles que podemos seguir hasta alcanzar el mundo como horizonte de esas remisiones, como sugiere el propio Heidegger en el §15 de la misma obra. Puesto que en todas esas remisiones es el ente como tal lo que está dado intencionalmente, como objeto; mientras que el mundo al que pertenece permanece en el trasfondo sin salir a la luz mientras algo no llame la atención sobre él. Por mucho que ampliemos nuestra mirada en el análisis de esa cadena de remisiones, y por mucho que detengamos nuestra ocupación pragmática con los entes que nos rodean para poder ser plenamente conscientes de su estar presentes como estando en el mismo mundo en el que estamos nosotros, nada de ello es suficiente para poder ser conscientes de la presencia del mundo como tal si nada llama nuestra atención sobre él, si nada rompe el velo que lo oculta bajo la manifestación fenoménica de los entes que lo pueblan. La tragedia de la manifestación del mundo reside en el hecho de que, a fuerza de estar siempre presente, pasa completamente desapercibido mientras nada nos fuerce a detenernos en él.

En este sentido, antes de la consideración del «mundo de la vida» como mundo abierto al que pertenecen todas las entidades que pueblan nuestra vida y nuestras vivencias, y al que nosotros mismos pertenecemos como seres-en-el-mundo, antes de esa consideración es necesario plantearse la pregunta genética siguiente: ¿cómo llegamos en absoluto a ser conscientes de que hay mundo? Y, más concretamente: ¿qué es lo que produce esa llamada de atención sobre el mundo?

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