Wittgenstein y los conceptos borrosos. Enseñanzas de semántica pragmática acerca de la “exactitud” de cualquier ciencia.

En los parágrafos §69, §70 y §71 de su obra Investigaciones filosóficas, el filósofo austriaco Ludwig Wittgenstein introduce la noción de «concepto borroso» para dar cuenta de la posibilidad que poseen los términos lingüísticos en general, y los pertenecientes a determinados campos de comunicación en particular, de ser utilizados sin necesidad de que su significado presente límites perfectamente trazados. Se trata de una pregunta con especial relevancia en el campo de la ciencia, ya que aceptar que no es necesario que un concepto lingüístico, sea cual sea, posea una definición estrictamente delimitada y unívocamente planteada abre la posibilidad de que el conocimiento científico, en último término, esté levantado sobre una aprehensión y descripción de la realidad mucho menos exacta de lo que la propia ciencia presume. La lógica científica perfecta, en la que a todo término le correspondiese única y exclusivamente sólo un significado y sólo un referente de la realidad, y que pretendiese subsanar los errores de interpretación generados por las ambivalencias del lenguaje en la medida en que resultaría imposible equivocarse y enteder “Y” cuando se está diciendo “X”, puede, de ser cierta la tesis de Wittgenstein, no simplemente mostrarse innecesaria para la correcta difusión del conocimiento científico, sino, más profundamente, no resultar siquiera real. Wittgenstein copiaLa pregunta inicial con la que Wittgenstein comienza su reflexión no implica, aparentemente, ninguna dificultad: “¿cómo le explicaríamos a alguien qué es un juego?” Se entiende aquí por juego, y, más concretamente, por «juego de lenguaje», una situación lingüística en la que la comunicación entre los hablantes está regulada de manera particularizada para la actividad que dicha comunicación persigue. Los agentes involucrados en esa situación, es decir, los jugadores, no sólo comparten una misma lengua, sino que además participan de un mismo marco particular dentro de ésta con reglas de comunicación formuladas específicamente para la actividad que ellos llevan a cabo en común. Por eso, las reglas que definen ese «juego de lenguaje» sirven expresamente para la situación concreta en la que esos jugadores se encuentran, pero no tienen validez más allá de ella.

Para cualquier lógico defensor de un lenguaje formal perfecto, del tipo del que defiende la ciencia pretendidamente estrica, una definición del tipo de la que aquí pide Wittgenstein se llevaría a cabo de tal modo que se indicaran todas y cada una de las características que le fueran esenciales a los juegos, para que así su significado quedara clara y distintamente diferenciado del resto de los posibles significados que pudieran ostentar. De esa manera se cumpliría la ecuación “un significante = un significado”, resultando imposible que un individo A, ante el término “juego”, entienda algo distinto a lo que entiende un individuo B.

Wittgenstein, sin embargo, nos propone un método de definición diferente, que podría resultar en sí mismo conflictivo para alguien que buscara un lenguaje formal lógicamente perfecto. Él nos sugiere, ante la pregunta formulada, definir lo que es un juego a partir de descripciones de determinados juegos, de sus formas de llevarse a cabo, de ciertas reglas presentes en ellos… De tal modo que la persona a la que le estamos explicando qué es un juego pudiera hacerse una idea general de ello; la explicación no terminaría de un modo concreto o exacto, sino que, después de explicarle cómo transcurren determinados juegos, le diríamos: “esto, y cosas similares, se llaman `juegos´”. Es decir, le haríamos saber a esa persona que no le hemos explicado determinados juegos porque estos sean los únicos juegos existentes que conforman la extensión del término “juego”, sino que son sólo algunas de las posibles actividades que podrían caer bajo el término “juego”, siempre y cuando esas actividades sean similares a los juegos que le hemos descrito. Es evidente que una definición conceptual de este tipo está muy lejos de buscar una exactitud plena.

¿Acaso el hecho de que no le hayamos descrito todos y cada uno de los juegos existentes, de que sólo le hayamos descrito determinados juegos, significa que nosotros mismos no conocemos más juegos? De ningún modo; de ser así, no habríamos sido capaces de decirle que esos juegos, y otros semejantes, caen bajo el término “juego”. Por el contrario, nos habríamos limitado a sostener que esos que describimos son todos los juegos que existen. ¿Significa ello entonces que no sabemos utilizar correctamente el término “juego”?. Si esto fuera así, ¿cómo habríamos sido capaces de saber que los juegos que hemos descrito son, efectivamente, juegos?

El hecho de que no sepamos delimitar cuáles son todos y cada uno de los juegos que caen bajo el término “juego” no significa que no conozcamos su significado, y por consiguiente que no seamos capaces de usarlo correctamente. Al contrario, somos perfectamente capaces de usarlo, y ello justamente porque los límites del significado del término “juego” no están bien marcados. Si un lógico nos aconsejara delimitar el significado del término estableciendo ciertos límites determinados, por ejemplo afirmando que un juego es sólo y exclusivamente toda aquella actividad lucrativa que siga esta y esta regla, sin que quepa lugar a ambigüedades, entonces, al seguir su consejo, en verdad no enriqueceríamos el significado del término “juego”. Todo lo contrario: lo estaríamos reduciendo a una circunstancia determinada, de tal modo que perdería toda su riqueza alegórica de uso. Podríamos, sí, usarlo quizá de un modo completamente exacto, pero ¿recompensa ese uso el precio semántico y metafórico que hemos pagado por él?

Además, al lógico que nos informara de que de ese modo el término “juego” adquiere un uso exacto, nuestra respuesta inmediata sería: “todavía me debes la definición de «exactitud».” Pues, en efecto, ¿qué significa utilizar un término con exactitud? Podríamos delimitar de nuevo el término “exacto”, por ejemplo diciendo que un uso exacto de un término es el que sigue las reglas delimitadas por el significado de ese término. Pero entonces nuestra pretensión de exactitud nos fuerza a necesitar introducir una nueva regla que delimite las reglas anteriormente establecidas para el término “juego”. Es decir, hemos necesitado definir el término “exacto” formulando las reglas de su uso, y ello, curiosamente, no para entender el término “exacto”, no para saber qué es hacer algo con exactitud, sino, un paso antes todavía, para poder comprender la definición del término “juego”, que a su vez consistía igualmente en la formulación de sus propias reglas.

¿Significa eso que las reglas que hemos establecido para el término “juego” no eran lo suficientemente buenas, por no ser autosuficientes, siendo esa deficiencia lo que nos ha llevado a necesitar una nueva regla para el término “exacto”? Ciertamente, no. Simplemente significa que las reglas de un término se delimitan con otras reglas que atañen a otros términos, y así sucesivamente.

Subjetividad fluida copiaAhora bien, ninguna de esas reglas están insertas únicamente dentro del ámbito del lenguaje; de hecho, nadie sería entonces capaz de usar el lenguaje. Si algún lógico aceptara que el significado exactamente delimitado de los términos es el indicado en un diccionario, podríamos sugerirle enseñar el lenguaje a partir de esas definiciones. Así, comenzará con la definición de un término cualquiera, por ejemplo, la misma palabra “término”, cuya definición es “ultimo punto hasta donde llega o se extiende algo”. Para entender dicha definición, nuestro lógico tendrá que buscar a su vez la definición de todos los términos que aparecen en ella a fin de entenderlos, remitiendo para ello a la definición de “último”, “punto”, hasta”, y así progresivamente. Y en cada una de esas definiciones subsiguientes requeridas para entender la primera definición el lógico tendrá de nuevo que volver a repetir el mismo proceso con todos y cada uno de los términos involucrados en ellas. ¿Encontrará alguna vez, dentro del diccionario, una definición que podamos llamar primaria, que pudiera entenderse por sí misma, y que nos posibilitará entender el resto de las definiciones? ¿Responder negativamente a esa pregunta supone creer por ello que las definiciones del diccionario no son exactas o adecuadas?

Lo que ocurre más bien es que un ejercicico simple de este tipo revela que una definición conceptual, por sí sola, no es capaz de mostrar suficientemente el significado del concepto definido. Hacen falta reglas posteriores que regulen lo que es un uso correcto de ese término, y que así lo diferencien de un uso incorrecto. Pero esas reglas ya no podrán estar dentro del conjunto de reglas que delimitan el significado del término, sino que pertenecerán a otro nivel lógico-lingüístico, por ejemplo al nivel de la gramática del lenguaje al que pertenece ese término.

Exactamente lo mismo ocurre cuando queremos describir una situación o un estado de cosas. Cuando quiero explicarle a un amigo cómo estaba el suelo de mi jardín, puedo decirle: “«el suelo estaba totalmente cubierto de plantas».” ¿Le he descrito con ello de un modo exacto la situación del suelo de mi jardín? La respuesta es: sí; pero seguiría siendo de ese modo si mi amigo no supiera lo que significa exactamente ser planta (si no conociera la composición molecular y biológica de los organismos a los que llamamos plantas), y tuviera únicamente una vaga idea de lo que es una planta, o si yo mismo no sé qué plantas exactamente eran las que cubrían mi jardín. Nuestro lógico arremete de nuevo: “¿Querrás decir que no sé de qué hablo mientras no pueda dar una definición de planta?” ¿Y si la definición que doy es la del diccionario de antes, mi amigo lo entenderá mejor entonces?

Podría ocurrir también que cuando yo pronuncie “planta”, mi amigo entienda “hormigas”. En ese caso, está claro que la comunicación ha fallado; pero es significativo caer en la cuenta de que ese fallo no es debido a que ninguno de los dos supiéramos con exactitud lo que es una planta, como si nuestro concepto de planta fuera deficiente y no posibilitara una correcta comunicación, sino que el fallo en la transmisión de mi mensaje ha ocurrido simplemente porque cada uno entendemos por planta cosas diferentes.

Pongamos por caso que, en el intento de transmitir fielmente el estado de cosas que intento describirle a mi amigo, hago un dibujo de la situación del suelo de mi jardín. De este modo, en la comprensión que mi amigo tenga de lo que intento comunicarle no entra en juego sólo el significado de los términos lingüísticos utilizados en mi descripción, sino que a éstos les acompaña el apoyo de la interpretación del dibujo. Tal ayuda podría motivar que en ese caso me sintiera seguro de poder decirle a mi amigo: «así estaba exactamente el suelo del jardín». Mi amigo podría representarse entonces mentalmente la situación de mi jardín gracias a ese dibujo; pero su imagen mental no tiene por qué ser exactamente como el dibujo. De hecho, confío en que, por mucho que yo haya utilizado la palabra “exactamente”, él entienda que no quiero decir que el jardín estuviera exactamente así (¿o es que acaso el jardín estaba en un folio en forma de dibujo?). Puedo hacer un dibujo y mi amigo entenderlo, y luego enseñarle efectivamente mi jardín y que él reconozca lo que está viendo ahora en lo que había visto en el dibujo, sin que para todo ello hiciera falta que el dibujo fuera completamente exacto (si es que hemos sido capaces de adquirir el significado correcto de ese término).

Con todo esto podemos llegar a la conclusión de que deben existir ciertos Ventisca copiaconceptos de definición pretendidamente imprecisa o vaga, a los que llamaremos con Wittgenstein «conceptos borrosos» o «de bordes borrosos». Un concepto borroso es aquél cuya extensión de significado no está clara y distintamente delimitada, esto es, del que no somos capaces de indicar todas y cada una de las reglas que determinan esa extensión. Con lo que hemos visto, podemos afirmar que el concepto de juego debería definirse como un concepto borroso.

Ante esta idea, nuestro lógico, defensor férreo de su posición, podría todavía alegar: “«¿Pero es un concepto borroso en absoluto un concepto?»” Mas, ¿por qué no podría serlo? Establecer que el concepto de “juego” es un concepto borroso no anula que, aún con esa supuesta deficiencia, podamos utilizarlo perfectamente en situaciones semejantes a la conversación antes sugerida. Es más, que sea un concepto borroso parece ser precisamente la condición que posibilita la riqueza semántica con la que utilizamos ese término. Pues, ¿no es un concepto riguroso o perfectamente delimitado menos rico en su uso que un concepto borroso? Facilita enormemente la comunicación (y con ello la existencia) humana el hecho de que un término no deba aplicarse únicamente a ciertas cosas ya existentes establecidas como sus referentes, sino que también podamos servirnos de él para referirnos a nuevas cosas por existir que se asemejen a éstas pero que no cumplan todas las normas que delimitan la extensión del significado del término en cuestión. Pues ello no significa que el significado del concepto borroso sea menos comprensible.

frege copiaTodo lo contrario ocurría en la filosofía de uno de los maestros de Wittgenstein, Frege. Para él, la extensión del significado de un término se entendía como un área geométrica de bordes claramente discriminados. De tal modo que, si entendemos ese término, si somos hablantes competentes del lenguaje al que pertenece ese término (ysólo así lo entenderemos), entonces de cada objeto del mundo podremos decir clara y distintamente si cae bajo ese concepto o si no cae (a modo de una lógica bivalente de sí y no).

Con todo, ¿es en absoluto necesaria tal delimitación de los términos? ¿Qué ocurre, siguiendo esa lógica, con términos cuya delimitación depende del contexto en el que sean usados? Si, caminando con un amigo, le digo: «¡detente aquí exactamente!», ese “aquí” delimita una zona tan amplia como amplia puede ser la interpretación que mi amigo haga de mi expresión, por mucho que en ella incluya el término “exactamente”. Ni siquiera delimito perfectamente el área al que me estoy refiriendo si cuando pronuncio aquí señalo con mi mano (con “un movimiento ostensivo”) cierto punto del espacio, pues mi amigo podría perfectamente interpretar, no que estoy señalando un punto, sino que quiero que se detenga en el lugar que ahora mismo ocupa mi mano.

Más claramente ocurre esta dependencia del contexto con el término “yo”. Como afirma José Luis Pardo en su libro La regla del juego, seguramente ninguna expresión sea tan ambigua como la expresión «soy yo» ofrecida como respuesta a la pregunta «¿quién es?» ante una llamada de teléfono. Y, sin embargo, esa expresión se entiende perfectamente en virtud de la persona que la diga y la persona que la oiga. ¿Significa eso que la persona que la oye tiene un concepto de «yo» perfectamente delimitado, gracias a lo cual lo entiende y puede afirmar de todos los objetos de la realidad qué objetos caen bajo ese término y cuales no en ese contexto determinado? ¡Parecería absurdo decir tal cosa! Aun así, es lo que se sigue de la teoría de Frege.

Lo mismo ocurría cuando le estábamos explicando a alguien, hace unas líneas, en qué consiste ser un juego. En esa descripción, no ocurría que nuestro oyente lograra entender el término “juego”, y con ello que lograra poder utilizarlo correctamente, simplemente porque encontrara los rasgos semejantes presentes en todos los juegos que aparecían en nuestra definición (lo que Wittgenstein denomina «parecidos de familia»). Ello ni siquiera significaba que había encontrado la regla que subyace a todos los ejemplos y que delimita claramente la extensión del significado del término “juego”, regla que por alguna razón yo no había sido capaz de indicarle (aunque sea obvio que sé usar perfectamente el término). Todo lo contrario: yo no había sido capaz de transmitirle explícitamente la regla en cuestión porque, estrictamente hablando, no hay ninguna regla lingüística que delimite completamente el significado de un concepto borroso. Y, aún así, la persona a la que definiera el término “juego” al modo anterior sería capaz seguramente de emplear sin problema ese término; si bien en su utilización se presentaría un cierto margen de error. Ese margen de error se debe justamente a que no cabe únicamente una sola interpretación de la definición que hemos dado del término “juego” (pretender algo así resultaría un poco absurdo teniendo en cuenta el tipo de definición que hemos elaborado). Una vez recibida una definición del término “juego” de ese tipo, nuestro oyente tendrá que intentar emplearlo (con cierta intuición o adivinación presente en ese empleo) para asegurarse de haberlo entendido. Pues en su uso será donde se revelará que algunas interpretaciones derivarán en un uso correcto del término y otras en un uso incorrecto.

¿Cómo somos capaces, en último término, de saber utilizar correctamente el término “juego” (y cualquier otro término del lenguaje, principalmente si es un concepto borroso)? Simplemente estando insertos en la forma de vida a la que corresponde el juego de lenguaje en el que aparece el término “juego” tal y como lo hemos definido. No debemos buscar las reglas de uso de los términos dentro del propio lenguaje; eso nos lleva, como en el caso del diccionario, a no ser capaces de usar el lenguaje. Las reglas que delimitan un uso correcto y uno incorrecto de los términos son reglas sociales o de convivencia. Es la forma de vida la que determina cuáles son los usos correctos del lenguaje y cuáles los incorrectos. Y, de nuevo, esas reglas sociales no pueden más que ser borrosas, esencialmente elásticas, para poder adaptarse al continuo devenir de la acción humana.

Pues bien, será precisamente esa elasticidad de las reglas sociales la que se extenderá por todo el lenguaje, provocando que las reglas lingüísticas sean a su vez elásticas y que los conceptos sean por ello borrosos; a menos que nosotros, especial y concretamente, por alguna pretensión práctica que nos mueva a ello, los delimitemos de manera aparentemente exacta, como ocurre en el caso de los conceptos científicos y lógicos. Pero ya hemos visto que de ese modo los conceptos pierden la mayor parte de su riqueza, y limitan una gran parte de la comunicación humana.

El juego de lenguaje es elástico (tiene reglas implícitas) porque se adapta a una forma de vida elástica (con reglas sociales implícitas). La explicitación de esas reglas, es decir, su delimitación y su rigidez, no hacen más que destruir el juego de leguaje. Por el contrario, en tal tipo de contexto con reglas elásticas, los usos correctos sólo se diferenciarán de los incorrectos porque, mientras que los primeros llevan a cabo satisfactoriamente su cometido (aunque sea de un modo intuitivo), los segundos fracasan estrepitosamente. Es por ello por lo que el significado de los términos y las reglas de su uso se aprenden a base de premios y capones.

Anuncios

2 Respuestas a “Wittgenstein y los conceptos borrosos. Enseñanzas de semántica pragmática acerca de la “exactitud” de cualquier ciencia.

  1. Saludos.
    Muy buena exposición, sin embargo, me parece que se hace demasiado énfasis en el fracaso de la captura del mundo por la delimitación de conceptos dentro de la ciencia, cuando dicho afán es el que ha posibilitado en sí mismo hacerlo evidente. Así como ha permitido la delimitación de fenómenos y/o objetos de estudio, y con ello posibilitar discursos que traten de otorgar alguna explicación.
    Si bien la elasticidad del lenguaje posibilita una riqueza de sentido que hay que reconocer, tampoco habría que demeritar su contraparte, la posibilidad de otorgar una sintaxis al mundo, que si bien no se trata de una mera abstracción donde impera el principio de identidad, posibilita el juego y con ello la invención.

    Buen articulo!

    Le gusta a 1 persona

    • Muchas gracias por tu aporte, Víctor, y por tu valoración!
      Ciertamente, a fuerza de querer concentrar muchas ideas en poco espacio, algunas pueden quedar poco argumentadas o, en su defecto, demasiado expuestas a que el lector maneje los conceptos que subyacen al razonamiento; lo cual, obviamente, no es defecto del lector, sino del autor.
      Mi intención, a la hora de elaborar esta reflexión, fue precisamente desdibujar los límites tradicionales de conceptos como verdad, lenguaje, estructura de sentido del mundo o validez cognoscitiva de los juicios científicos. Pero ese objetivo no perseguía subrayar sin más una suerte de fracaso epistemológico estructural a cualquier intento de conocimiento, como, por el contrario, el carácter hermenéuticamente constitutivo de la propia ciencia. Dicho de otro modo, quería subrayar el hecho de que todo discurso que encuentra sentido en un fenómeno mundano no está, en realidad, descubriendo sentido, sino constituyéndolo o instituyéndolo. Lo cual, lejos de ser un defecto, es la gran riqueza de nuestra capacidad de conocimiento.
      Bienvenido a Senderos, siéntete libre siempre de comentar cualquier post. Un saludo.

      Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s