La (in)soportable rigidez del deseo. Apuntes para una teoría racional del deseo (I)

¿Dónde se encuentra la verdadera felicidad? ¿En el libre y despreocupado carpe diem que sólo se interesa por el placer actual y no mira al mañana? ¿O en la estabilidad del hábito virtuoso que se repite siempre idéntico en todo momento?

Cuando un filósofo afirma la determinación necesaria de nuestra existencia, la predestinación mecánica marcada por la naturaleza, todo el mundo se echa las manos a la cabeza, afirmando que ello anula nuestra libre voluntad. Lo que en realidad todo el mundo quiere salvar es la posibilidad de la acción equivocada, del pequeño desliz, de la aventura que se escapa de la norma moral. Es decir, la posibilidad de satisfacer un vicio, un deseo perverso, una única vez, sin que ello conlleve una carga nefasta en la unidad total de su vida. Pues, al fin y al cabo, einmal ist keinmal [una vez es ninguna vez].

mecanicismo Pero, entonces, ¿qué importancia tiene llevar a cabo esa vez? ¿Por qué nos interesa tanto conservar siquiera la posibilidad de desviarnos de un curso de acción predibujado, allí donde incluso hemos sido nosotros mismos los que deliberadamente nos hemos marcado ese futuro para nuestra vida? ¿Qué profunda satisfacción encontraremos en un único acto que supone un desliz, una excepción, destinada a quedar para siempre oculta en la sobra tras la repetición del hábito virtuoso para poder ser llevado a cabo sin resentimientos ni desagradables consecuencias? ¿No resultaría mucho más satisfactorio convertir ese vicio en hábito, convertir la excepción en norma, y perder así la inútil y pesada máscara de la virtud con la que nos presentamos ante los demás?

Ahora bien, ¿y si, precisamente al convertirlo en hábito, comprendiésemos la vacuidad de ese vicio frente a la satisfactoria virtud? ¿Y si el único valor que posee ese acto excepcional, ese desliz pecaminoso, reside precisamente, no en el acto en cuanto tal, sino en el hecho, accidental y completamente accesorio, de que se lleva a cabo una sola vez? ¿Qué motivos tenemos para desear hacer algo, cuando lo que nos mueve a desearlo no es aquello que hacemos, sino sólo el hecho de que lo hacemos como excepción a la norma?

Quizá, si forzásemos a nuestra voluntad a contemplar sus deseos desde la balanza material de su contenido, y no según el orden temporal de su realización, comprenderíamos el valor de la eterna repetición del acto virtuoso frente a la (insoportable) levedad del acto vicioso y perverso.

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