La justificación moral de los acontecimientos

La lógica tradicional, que podríamos describir como una lógica intuitiva o argumentativa, está presidida, desde el Órganon de Aristóteles, por dos grandes principios lógicos: el «principio de tercio excluso», y el «principio de no contradicción». Someramente formulados, el primero establece que, para todo aquello de lo que podemos hablar (ya se trate de algo real o de una entidad inexistente), sólo existen dos estados metafísicos absolutos que podamos declarar predicativamente de ello: su estado afirmativo (A), y su estado negativo (no-A); sin que en ningún caso exista para aquello de lo que hablamos una tercera opción que combine las dos anteriores, o, incluso, que no sea ninguna de ellas. El segundo, por su parte, sostiene que una proposición de ese tipo, que pretenda decir algo acerca de algo (de nuevo, real o inexistente), debe sostenerse única y exclusivamente uno de los dos estados metafísicos absolutos del par de opuestos A y no-A; de manera que, de cada cosa que podamos decir, o bien sostenemos su estado afirmativo, y entonces decimos algo del tipo “X es A”, o bien su posición negativa, formulando un juicio del tipo “X no es A”, pero nunca ambos a la vez.

Combinando los dos principios lógicos, el resultado que obtenemos es una regulación sistemática de nuestro decir con sentido en virtud de la cual, siempre que pretendemos decir algo, lo que decimos cae dentro del recinto metafísico del ser que «es» o que «no es»; y siempre hablamos de él, en cada decir, o como «siendo A», o como «no siendo A». De lo contrario, en caso de no cumplir esta regulación, ocurrirá, como Platón y Aristóteles nos recuerdan a menudo, que la proposición sostenida carecerá por completo de sentido para nosotros, por mucho que los términos que la compongan sean, separadamente, inteligibles.

Ordenación lógica del ser metafísicoSi contamos ahora con el hecho de que nuestro conocimiento acerca de la realidad, de lo que hay o del ser, está articulado y sistematizado por nuestra capacidad discursiva de ese «decir con sentido», a la que los griegos llamaban logos (de ahí que la lógica sea la ciencia que describe las reglas del «decir con sentido»), es sencillo entender en qué medida estos dos principios trascienden su naturaleza lógica y alcanzan una categoría metafísica: en la medida en que todo lo que podemos decir con sentido acerca de lo que hay debe necesariamente cumplir el imperativo lógico impuesto por estos dos principios fundamentales, entonces, por transferencia discursiva, todo lo que podemos llegar a conocer del ser está igualmente estructurado por esas normas lógicas. De modo que el propio ser en cuanto ser se presenta ante nosotros irremediablemente como siendo o no siendo A, sin que sea posible una tercera opción.

A estos dos principios lógico-metafísicos vino a sumársele, en el siglo XVII, de la mano del pensador alemán G. W. Leibniz, un tercer principio: el «principio de razón suficiente». Según su formulación más recurrida:

“Nuestros razonamientos están fundados sobre dos grandes principios: el de contradicción…, y el de la razón suficiente, en virtud del cual consideramos que ningún hecho podría hallarse ser verdadero o existente, ningún enunciado verdadero, sin que haya una razón suficiente por la que ello sea así y no de otra manera, si bien estas razones las más de las veces no nos puedan ser conocidas.” Monadología, §31-32.

Según este principio, para todo lo que se da, esto es, para todo aquello de lo que podemos hablar con sentido, hay al menos una causa que explica suficientemente el hecho de que eso de lo que hablamos se haya dado, frente a la posibilidad de que no hubiera acontecido nunca; y, respecto de lo que no se da, igualmente existe una causa que determina suficientemente por qué no se da, aunque ello posea la posibilidad de darse. Es decir, según este principio, el ser, incluyendo en él tanto lo que hay u ocurre como lo inexistente, está completa y absolutamente regulado causalmente de manera necesaria y suficiente, de modo que todos los acontecimientos que podamos considerar presentan al menos una causa que justifica su efectivo acontecer o su inexistencia. Sólo otra manera de decir esto mismo es que nada ocurre o deja de ocurrir sin razón: todo lo que se da o no se da posee una cadena causal absolutamente inteligible y racional (siempre que, por supuesto, conozcamos adecuadamente esa cadena).

Partiendo de esta premisa, si la causa de que algo concreto acontezca o deje de acontecer es su razón de ser, lo que determina definitivamente a ese acontecimiento concreto a ocurrir o no ocurrir, podemos afirmar que esa causa es el sentido de dicho acontecimiento; ya que es precisamente la razón que nos permite explicar (en tanto que explicarnos) por qué ocurre lo que ocurre, y no otra cosa. Formulada esta misma idea desde otra perspectiva, podemos sostener que un acontecimiento es inteligible para nosotros, tiene sentido, si podemos entender la causa que ha provocado su acontecer, allí donde ese mismo acontecimiento pudiera no haber llegado nunca a darse. De lo contrario, en los casos en los que no somos capaces de esclarecer claramente el curso de causas que ha provocado el estado de cosas actual de la realidad, éste se nos presentará necesariamente como careciendo de sentido. Pues, al no entender las razones que han producido el actual estado de cosas, nos resultará imposible comprender por qué ha ocurrido lo que ha ocurrido, y no más bien algo completamente diferente, incluso algo más acorde a nuestro conocimiento de la realidad y del curso pasado de los acontecimientos.

Es fácil comprobar en qué medida este principio de razón suficiente introducido por Leibniz trasciende, al igual que sus dos antecesores clásicos, el ámbito del mero «decir con sentido», propiamente humano, y alcanza la categoría de principio metafísico. Así, no se trata simplemente de que nosotros, como seres racionales, no aceptemos la posibilidad de un acontecimiento que carezca de una causa suficiente que justifique su ser de cara a nuestra comprensión de él; más radicalmente, lo que el «principio de razón suficiente» sostiene es que, independientemente de nuestra comprensión de lo que hay, nada es, nada se da o deja de darse, sin que exista una causa que justifique metafísicamente por qué se da o deja de darse. Incluso si no existiera ningún ser humano que pudiera llegar a analizar la línea de causas que ha provocado la existencia o inexistencia efectica de un acontecimiento para encontrar su razón suficiente de ser, dicho acontecimiento poseería por sí mismo necesariamente esa razón de ser; pues, de lo contrario, nunca podría acontecer o dejar de acontecer tal y como lo ha hecho. Una formulación que incorpore estas tres normas lógico-metafísicas del ser pudiera quedar así: de todo lo que hay, se cumple que ello, o bien es, o bien no es, sin que exista una tercera posibilidad, y habiendo en todo caso al menos una causa que justifique suficientemente el hecho de que sea o no sea.

Pero el principio introducido por Leibniz, más allá de esta dimensión metafísica reguladora del ser, posee, de modo más determinante para nuestra existencia humana, una dimensión reguladora moral. Entre otras ocasiones de comprobar esto, podemos aludir a un famoso pasaje de su Discurso de metafísica, relativo a la teodicea que rige el ser, en el que Leibniz sostiene lo siguiente:

“De donde se sigue que Dios, que posee la sabiduría suprema e infinita, obra del modo más perfecto, no sólo en sentido metafísico, sino también moralmente hablando, y que puede decirse, desde nuestro punto de vista, que cuanto más informado y en claro se esté acerca de las obras de Dios, más dispuesto se estará a encontrarlas excelentes y enteramente conformes a cuanto se hubiera podido desear” Discurso de metafísica, §1.Juicio moral del ser copia

Es decir, todo lo que es, todo lo que ocurre y y todo lo que nunca ocurre, lo hace por una razón que, además de ser metafísica, es moral, en el sentido de que ocurre y deja de ocurrir porque es más deseable o mejor que sea así; resultando entonces, en términos globales, una situación moralmente peor como consecuencia de cualquier modificación del actual estado de cosas. A través de este razonamiento, la causa o razón suficiente de que algo sea o no sea deja de ser simplemente una cuestión metafísica de sistematicidad reguladora del ser, para convertirse en una cuestión de deseabilidad: lo que ocurre lo hace porque es preferible que ocurra a que no ocurra; y lo mismo respecto de lo que no ocurre. Lo que significa que, de cara a nuestra comprensión de la situación actual, sostener que un acontecimiento tiene sentido (desde la perspectiva causal de que posee una razón suficiente) es equivalente a afirmar que es moralmente deseable que ocurra tal y como ha ocurrido, y preferible al hecho de que pudiera haber acontecido de otro modo. Ello implica igualmente, a la inversa, que nos resulta lógicamente incomprensible que ocurra algo moralmente despreciable, algo que rechazamos en términos de deseabilidad o preferencia. Esta dimensión moral del «principio de razón suficiente» está a la base de la tesis leibniziana del «mejor de los mundos posibles».

Ahora bien, desde este punto de vista, ¿qué podemos afirmar en relación a aquellos casos en los que, de facto, ocurre algo absolutamente indeseable? Como son, por ejemplo, los casos de graves desgracias, de tragedias humanas o de catástrofes naturales. ¿Cómo podemos conciliar el principio leibniziano con aquello que acontece cuando ello que acontece es algo claramente repugnable en términos morales, y lo que nos resulta preferible y sumamente deseable es precisamente que no hubiera acontecido? Siguiendo la lógica del principio leibniziano, tales situaciones no pueden ser recibidas por nosotros más que como incomprensibles, o, lo que es equivalente, como inaceptables. Ante ellas, nuestra reacción directa pasa por negar que tenga sentido que haya ocurrido lo que ha ocurrido. Y ello, paradójicamente, aunque entendamos suficientemente la línea causal que ha llevado la realidad hasta el punto indeseable en el que nos encontramos.

cainabelAl enfrentarnos a la muerte de una persona justa, o a la desgracia de un accidente del que resultan afectadas personas inocentes, nuestra reacción primera e instintiva consiste en juzgar que no existen causas morales anteriores a dicho acontecimiento que justifiquen las consecuencias que éste produce en los individuos involucrados. Si un terrorista comete un atentado en un edificio público por motivos políticos, pero su acto asesina indirectamente a un ciudadano inocente que no posee ninguna vinculación con las cuestiones políticas que han movido al terrorista a cometer su atentado, consideramos que esa muerte colateral está injustificada dadas las causas que la han generado. Es posible que podamos entender perfectamente, e incluso compartir, los motivos que han llevado al terrorista a cometer su atentado; podemos comprender, en términos psicológicos, los procesos mentales que han generado su decisión. Pero, ante el acontecimiento del atentado como tal, una vez lo consideramos globalmente en conjunto junto a sus consecuencias como un único y mismo acto, juzgamos claramente, y sin aceptar dudas al respecto, que esas causas políticas que pretenden justificar el atentado terrorista funcionan en un plano causal y moral completamente distinto al efecto producido en el ciudadano inocente que ha resultado asesinado como producto de dicho atentado. Es decir, por mucho que comprendamos la línea causal que ha producido el fenómeno, la valoración moral del mismo y de sus consecuencias es experimentada por nosotros como perteneciendo a una dimensión diferente a la del simple escrutinio de causas y efectos.

Lo que las catástrofes y las desgracias incompresibles de este tipo revelan entonces es que, a pesar de lo que Leibniz pretendía, existe una distancia infranqueable e irrecuperable entre, por un lado, lo que «es» o «se da» en sentido metafísico, y, por otro, lo que «debe ser» en términos morales. O, dicho de otra manera, que no existe vinculación alguna entre lo que es y deja de ser, en su dimensión metafísica, y lo que nosotros, moralmente, deseamos que sea o deje de ser. Que algo nos resulte absolutamente inaceptable en términos morales, a pesar de que metafísicamente podamos comprender sin dificultad su sentido o razón de ser, muestra que el plano moral de lo deseable o preferible flota sobre la base de lo que de hecho es o no es sin llegar a afectarlo de ningún modo. La comprensión de este hecho, es decir, la formulación de la pérdida absoluta de vinculación entre lo metafísico y lo moral, entre lo que «es» y lo que «debe ser», nos muestra que el sentido moral de la vida está, en último término, en nuestras manos. Pues no depende de lo que es o deja de ser, ni de la línea causal que determina los acontecimientos que dibujan el estado actual de cosas. Por el contrario, el sentido moral de nuestra existencia, y de todo lo que en ella está implicado o involucrado, depende en todo momento de la interpretación moral que nosotros le aportemos a los acontecimientos que configuran nuestra vida. Y ello significa, en un sentido profundo, que depende de la motivación o volición fundamental que mueve nuestros actos y decisiones.

De manera que, finalmente, considerar que un acontecimiento concreto posee sentido o no, que está justificado o no lo está, no depende del propio acontecimiento como tal. Éste se mantiene imperturbable ante nuestra contemplación, permanece idéntico a sí mismo y sin modificación alguna ya lo consideremos como algo moralmente positivo o negativo. Nuestra valoración moral de los acontecimientos depende íntegramente de lo que nosotros nos propongamos hacer con ellos. Si tan cierto es que el hecho de que el ser metafísico esté desvinculado de nuestra voluntad hace posible que ocurran acontecimientos completamente indeseables para nosotros, sin que nos sea posible evitar el sufrimiento moral que dichos acontecimientos nos producen en la medida en que el ser no posee ningún mecanismo interno de regulación moral del que podamos aprovecharnos para desviar el curso causal de los fenómenos a nuestro favor, entonces exactamente igual de posible y válido es que nosotros transformemos la neutralidad de los acontecimientos que encadenan nuestra vida en una ventaja para nuestras acciones y decisiones.

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